Los veranos de mi vida
»Por Kira
De niña siempre quería que llegaran las vacaciones para dejar de ir a la escuela y porque sabía que tenía tres meses para jugar con mis amigos prácticamente las veinticuatro horas del día. Si durante el año tenía prohibida la salida a la calle, porque en mi barrio había muchos varones y casi todos eran niños “malos”, a los que yo quería mucho, en el verano mis padres no ponían objeciones para que también me volviera “pandillera”.
No iba a la playa. No tenía la necesidad porque el cemento ardiente de Montevideo, en enero, me resultaba más atractivo. O no hacía tanto calor, o no lo sentía, pero lo cierto es que las atracciones de mis veranos pasaban lejos de la arena y el mar.
El tiempo pasó, crecí, me mudé, y se me ocurrió tener un novio, un novio que me duró hasta diciembre, porque a fin de año armó el bolso y se fue de vacaciones –como lo hacía siempre- a la casa del abuelo donde veraneaba cada año desde que tenía uso de razón. Ese verano me sentí Penélope. Él volvió, pero el calor había derretido y hecho desaparecer todo ese supuesto “amor” que nos teníamos.
Artículos relacionados
»Wed 23 | January 2008
|













