Especial de fin de semana IV
Hace muy poco Fernando Peláez (autor de los libros sobre los orígenes del rock en Uruguay De las cuevas las Solís) y Gabriel Peveroni (periodista, novelista y escritor de obras de teatro) publicaron un libro que resume correctamente la historia del rock en Uruguay, desde sus orígenes imitativos del fenómeno beat de la década del sesenta hasta la actualidad.
El título del libro es Rock que me hiciste mal, parafraseando el nombre que llevó el primer disco de Los Estómagos, la mítica banda de los ochentas que bautizó a su ópera prima Tango que me hiciste mal.
En 41 capítulos, Peláez y Peveroni repasan de forma sucinta las distintas épocas, movimientos y diversificaciones del rock en Uruguay. Todo, más o menos, comienza con Los Shakers y acaba con el éxito masivo de grupos como La Vela Puerca y No Te Va Gustar. Entre estos extremos, no falta ningún protagonista. Ni los noveles Astroboy, y tampoco figuras como Dino, Jaime Roos, Fernando Cabrera, o bandas como El Kinto, Psiglo o Tótem.
Están todos, inclusive el espacio correspondiente al siempre relegado metal charrúa.
En este especial de fin de semana, proponemos transcribir algunos pasajes del libro y musicalizarlos a través de una caprichosa (y reducida) selección de 7 canciones, que, mal que bien, recorren parte de estos cuarenta años de rock en Uruguay. Casi instantáneas arbitrarias que fotografían poderosas escenas musicales.
A continuación un resumen de algunos capítulos del libro. El número y el título corresponden al original del libro.
Si bien las películas “¡Salvaje!”, “Semilla de maldad” y “Rebelde sin causa” habían lanzado el prototipo de la rebeldía juvenil, la alarma se encendió en nuestro país a partir del estreno simultáneo de “Al compás del reloj” y “Rock, rock, rock”, dos musicales menores completamente dedicados al flamante rockabily. Durante la proyección de las mismas centenares de muchachitos saltaron frenéticos sobre las butacas, mientras los restantes espectadores osaron bailar en los pasillos de los sacros cines Plaza y Censa, generando así un escándalo sin precedentes (…).
(…) La creación del Club del Clan coincidía con la gran crisis que había experimentado el rock n’ roll un par de años atrás. Por un lado el propio sistema norteamericano se había encargado de edulcorar a Elvis (mansito y melódico al regreso de su servicio militar) y de sacar del camino a los furibundos Check Berry, Little Richard y Jerry Lee Lewis. Por otro, una serie de acontecimientos imprevisibles ocurridos en cadena, como el accidente que irradió a Gene Vincent, las muertes de Ritchie Valens, Eddie Cochran y, principalmente, de Buddy Holly, la gran promesa creativa de la transición del rockabily cuadrado hacia otras fronteras (…).
Llegados a 1963, la “música moderna” que los medios masivos imponían a la juventud del Rió de la plata era poco más que una mescolanza de productos de plástico inofensivos, carentes de rebeldía, que contaban con la aceptación de padres y abuelas por igual. Pero en 1964 estalló el bombazo que iluminó el irreversible camino a seguir (…).
El golpe de los Beatles también alcanzó a unos muchachitos uruguayos quienes, a pesar del reconocimiento que habían ganado dentro del ambiente del jazz y la bossa nova, no escaparon a la tentación de crear un grupo a imagen y semejanza de los “fab four”. Habiendo convencido al baterista Caio Vila y al bajista Pelín Capobianco, los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso tuvieron que encargarse de las guitarras para que el juego llamado Shakers se hiciera realidad (…).
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Tras el auge de los Beatles llegó el aluvión: decenas de bandas inglesas pasaron a ocupar los primeros lugares de popularidad en los Estados Unidos, realidad que fue bautizada como la “invasión británica”. Al mismo tiempo, y convencidos de que sólo otro grupo uruguayo podría competir con los Shakers, los empresarios argentinos se lanzaron a la búsqueda, generando durante 1966 una suerte de paralelismo de lo que sucedí en el norte (…).
(…) Diciembre del 65. Un ómnibus de Onda (que pone más de tres horas en llegar a Punta del Este) carga con los equipos, instrumentos e ilusiones de cinco adolescentes que se hacen llamar Los Encadenados. Versiones de ‘Route 66’ y ‘Satisfaction’, representantes de Emi-Odeón que muestran relucientes contratos, piernas que tiemblan de emoción. Marzo del 66.
(…) Cambio de nombre a Mockers, un año de agotadoras presentaciones (en Argentina) en bailes, discotecas y programas de TV, regreso al paisito como los grandes competidores de los Shakers. Es que la dualidad no podía faltar: si los Shakers fue la lectura Beatle de lo que estaba pasando en el mundo, lo de Mockers fue la lectura Rolling Stone por excelencia.
(…) En la reedición norteamericana del material de Mockers el editor termina su texto (en inglés, claro) diciendo:
“Si hubieran nacido en alguna parte de habla inglesa del mundo, una recopilación como ésta se hubiera realizado muchos años atrás, porque seguramente ellos se hubieran constituido en uno de los grupos más conocidos de los sesenta. Pero resulta que los Mockers vivían en un pequeño lugar de Sudamérica llamado Uruguay, algo que ustedes difícilmente creerán cuando escuchen su música”.
(…) Ya maduros como compositores, Mateo y Rada encontraron la compañía ideal para lanzarse a una decidida búsqueda experimental que decantó en una propuesta totalmente original, pilar de una nueva música popular uruguaya. El Kinto cantó en castellano composiciones propias (cuando eso era considerado un mal gusto por parte de la vanguardia del rock), fusionó el beat y la nueva psicodelia con la bossa nova, el candombe y otros ritmos, integró un percusionista fijo a un grupo roquero (cuando aún Santana no era conocido) y abandonó el tradicional “uniforme” a favor de una estética más hippie.
(…) Mientras las manifestaciones estudiantiles eran reprimidas por la policía, dentro del teatro El Galpón también se denunciaba la situación del país. Aunque en este caso, desopilantes sketches y lectura de poesía se alternaban ágilmente con estilos musicales contrastantes (tango, bossa, candombe, rock, jazz), con total irreverencia ante barreras de gustos y categorías. Eran las “Musicasiones” del 69, organizadas por el Kinto y Horacio Buscaglia, espectáculos cargados de imaginación y creatividad que calaron hondo en la sensibilidad de los afortunados asistentes.
Pocos meses después el grupo (Kinto) se desintegró sin haber editado disco alguno, quedando así consagrado el primer mito de la historia del rock en Uruguay. Pero no todo estaba perdido. El técnico Carlos Píriz había guardado las poas grabaciones realizadas por el Kinto para hacer playbacks en Discodromo y las editó en 1971 en el LP denominado “Musicasión 4 ½”.
La avenida Rivera, entre Juan Paullier y Bulevar Artigas, en plena barriada del Cordón, fue centro de reunión por 1985 de unos cuantos adolescentes con pelos parados, jeans rotos y botas militares. Llamaban la atención por haber saqueado los roperos de sus padres: desde gachos tangueros hasta gabardinas. Todo venía bien para el repertorio punk. Es que muy cerca de allí vivían los primos Juan Casanova y Víctor Nattero, motores de uno de los proyectos más explosivos de la contracultura local: Los Traidores.
Callejeros, sin pelos en la lengua y dispuestos a todo, representaron el papel –al mismo tiempo- de los Pistols y de los Clash. El teatro rebelde, pero también la apertura musical que fue marca de fábrica en ‘La lluvia cae sobre Montevideo’ y ‘Flores en mi tumba’. Punk milonga, a veces directo y explosivo. Un poderoso cóctel que incluye tres canciones de culto que serían censuradas por el sello Orfeo, previo a la edición del debut “Montevideo agoniza”: la versión apócrifa del Himno uruguayo, ‘Viviendo en Uruguay’ y ‘Barrio rico’ (que adquiría un fuerte tono clasista cunado la tocaban en el Pub Graffiti, de Carrasco).
“Adiós, garra charrúa”, sentencia Andy Adler para la cámara de Guille Casanova en el documental “Mamá era punk”, de 1988. Desde una tribuna vacía del Centenario. Imagen de loser, de quien se sabe poseedor del hermético lenguaje de la verdadera contracultura. Sencillamente unos de los grandes y más rabiosos rockers criollos.
Adler había integrado como guitarrista la borrascosa prehistoria de Estómagos y la primera época de La Tabaré. Y para la plei de Casanova, además de mandarse con la célebre y antipatriótica frase, sentó las bases del rock indy montevideano: junto a integrantes de Cadáveres Ilustres grabó una luminosa banda sonora publicada por Perro Andaluz (…).
(…) Desde el catálogo de Perro Andaluz, en los primeros 90, fue donde tomó impulso la patota de bandas distorsionadas con nombres como Chicos Eléctricos, Buenos Muchachos, Las Hermana menor y Neandertal, a partir de la casete “Criaturas del pantano”. Adler, para más información, también integró la primera y más demente formación de los Chicos Eléctricos, cuando Nico Barcia se retorcía en cada canción, vibrando un rock animal que no se había visto antes en la pacata Montevideo.
(…) el idioma de los Eléctricos también era provocativo: un espánglish acoplado a las guitarras distorsionadas. Lo demostraron en los siguientes discos: “Psychosound”, “Vaca” y “Juguete subterráneo”. Dieron cátedra de cómo vibrar en cuatro metros cuadrados, y su legado se continúa en las extroversiones de Motosierra.
El primer rapeo uruguayo se grabó en 1988, se llamó ‘Je je’, y lo voceó Renzo Teflón en el disco solista que publicó apenas se separaron Los Tontos. Todavía llevaba los clásicos lentes negros, y pocos años después –fascinado por los Beastie Boys- probó suerte con el gugaz proyecto Drinkin Boys.
Pero tan importante como la protohistoria de los MCs locales es enmarcar la aparición de los primeros programas informáticos de uso casero. Los nuevos aparatos acompañaron el interés por géneros como el hiphop y la electrónica, que involucraron otra manera de gestación más cercana al diseño que a la tradicional zapada rockera en un garaje.
De esta primera camada de “factorías” es una grabación, histórica y olvidada, que aparece en una escena de la película “El dirigible”, de Pablo Dotta. La canción se llama ‘Parque Rodó’ y pertenece a la primera formación de Plátano Macho.
En ese mismo año, 1993, debutarían en el Ander dos agrupaciones que dejarían su marca: VDS y Fun You Stupid! Las bases eran primitivas y los rapeos no podían escapar al austero formato, pero la actitud era decididamente de tribu y eso basta para considerarlos pioneros de una movida que fue desarrollando una compacta familia de raperos, músicos y graffiteros.
(…) Dos grandes bandas –no puristas del género (hiphop)- llevarían el hiphop a los grandes escenarios. La primera en dar el golpe fue el Peyote Asesino, con un funk metal muy potente que se permitía rapeos a toda velocidad de L.Mental, quien utilizaba una vigorosa poesía callejera y latiguillos que rompieron algún que otro mito sobre los prejuicios de rapear en nuestro idioma (…).
(…) Si en los tiempos de los pioneros la rivalidad había sido Shakers-Mockers y en los años 80 fue Estómagos-Traidores, el juego se repitió entre Peyote-plátano, banda esta última en la que destacaron los también futuros productores y músicos electrónicos Andrés Pérez Miranda (Androoval), Gabriel Casacuberta y Luciano Supervielle (Piano). La obra de Plátano fue muy breve, con el gran momento del disco “The Perro Convention”, cuando dictaron cátedra con un hiphop deforme, deliberadamente neoyorquino y beastie. Obsesivos en el sonido, como sus primos de Peyote, no ocultaron su pasión por las nuevas tecnologías: “cortamos y pegamos; editamos todo en una computadora”, explica MC Choncho a Rolling Stone, en 1998. “Nunca sucede que llegue alguien con una canción entera”.
La primavera de Peyote y Plátano duró apenas tres años. Pero el hiphop no murió (…).
(…) La publicación de “Deskarado”, producido por Claudio Taddei, marcó el debut de La Vela Puerca, nombre que produce una clara y provocativa “aliteración” entre Abuela (Coca) y La Vela. Energía ska, con influencias de punk rock vasco y sin prejuicios para meter murga y ritmos latinos, la banda voló más alto que sus padrinos consiguiendo en apenas un par de años firmar con el sello Surco y pasar de pequeños boliches a fiestas en el Teatro de Verano, con cuerdas de tambores y malabaristas incluidos. El destaque, la diferencia, además de una contundencia rock que contemplaba la posibilidad del pogo, estaba en la fuerte personalidad de Sebastián Teysera, un letrista y cantante que al igual que Peluffo, Casanova, Roos y L.Mental hablaba el idioma de la nueva generación.
“El lema de La Vela sigue siendo las canciones al poder. Nos gusta la simpleza. ¿Para qué meter más cosas cuando algo está bárbaro?”, aclara Teysera a Rolling Stone en el 200, seguramente marcando distancia con otros tucos criollos y “latinos”. Y salía al cruce, acerca de un reciente recital en el Teatro de Verano: “Algunos esperaban algo más cercano a la salsa, con arreglo de brasses. Pero se encontraron con que estamos más punkies que nunca” (…).
*Aclaración de Freeway, el tema que se puede escuchar, El viejo, de La Vela, pertenece a la edición 2005 del Festival argentino Pepsi Music, donde la canción se registró en vivo.
(…) The Supersónicos es la primera banda uruguaya retro. Lo son desde que se dieron cuenta de que no era incompatible fundar una banda de surf en un sitio sin olas. Dejaron atrás los chistes siniestros del casete “Mundo pistola”, y en 1999 publican “Irrupción en el cosmos”, una gema de guitarras reverberantes herederas herederas de Dick Dale y cierto descontrol a la Frank Black (…).
El imaginario “retro” uruguayo, del que paradójicamente nadie quiere ser parte, se juega en el under, puede ir del pop al rock bastardo más extremo, y niega toda posiblidad de mezclarse con ritmos regionales y latinos. No extraña que los vasos comunicantes intergeneracionales desemboquen en homenajes a los Mockers, buscando a los abuelos y ensayando el parricidio con los representantes del rock popular.
“Entre los Mockers y nosotros, hay un gran vacío”, decía Martín Rivero en 2002, cuando Astroboy recién había publicado el ep “Cinco estrellas”. “Para mí el rock uruguayo está muerto”, insiste en entrevista para la revista Freeway tres años después, con el disco “Automática” recibiendo múltiples elogios de la crítica argentina (…).
(…) Una noche de julio de 2005, el escenario de BJ sería testigo de un encuentro histórico: una fiesta privada con Astroboy tocando un par de clásicos de Mockers, acompañados de los veteranos Esteban Hirschfeld en armónica y Jorge Fernández en guitarra (ambos ex Mockers). Hubo emoción y hasta alguna lágrima. Si algo le faltaba a Astroboy era tener un rival. A todo Oasis le llega su Blur. No pasó mucho tiempo que apareció Boomerang, un quinteto del Prado liderado por Gonzalo Zipitría, con referencias directas al sonido Manchester. Y la escena anota más nombres: Orange, Lucky Winners, Mersey (…)
*Aclaración de Freeway, parece que al momento los integrantes que quedan de los Mockers se preparan para grabar un nuevo disco en España.































