|
Dos horas de avión a San Pablo, otras dos de espera, catorce a Dubai, cuatro más de espera, de ahí otras dos a Teherán, y luego seis de camioneta a Isfahán, para llegar al medio de Irán. Sin saber si era una inconsciencia o no, y con un poco de miedo extra de nuestras familias porque el barrio al que íbamos aparecía en las noticias como peligroso -a Irán lo rodean Pakistán, Afganistán, Irak, Kuwait-. Llegamos hasta allí invitados a un festival de teatro. Ishafán había sido la capital del imperio persa, lo que le daba un atractivo especial como experiencia turística, además de la intriga de pararse frente a un público tan diferente al que habitualmente nos presentamos.
|
|