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En mi mente resonaban algunas canciones de Violeta Parra, hits folklóricos de los 70 como Gracias a la Vida y Volver a los diecisiete. Pero fue hace unos pocos meses que empecé a conectarme de verdad con ella. Abro una Rolling en la que entrevistan a Juana Molina. La vieja discusión entre si en las canciones importa más la música o la letra. Ella menciona a Violeta y dice: ?sin esas letras no sería tan perfecta?. Leo en la revista argentina Gataflora una entrevista a María Ezquiaga. La cantante de Rosal interpreta para la periodista una zamba de la chilena. Me prestan un disco de Mariana Baraj, que tiene una versión imponente del tema Maldigo del alto cielo, de Violeta.
Me pregunto, ante tantas recurrencias, qué está pasando. Empiezo por conseguir sus discos. Me impresiona el rescate de las raíces indígenas en su música. Música del sur, comprometida, pero no panfletos. En Violeta hay talento.
En el año 1961 se exilia en París. Allá compone y graba lo que será la base de la corriente musical conocida como la nueva canción chilena. También conocerá al hombre que le seguirá el vuelo. Él es musicólogo y antropólogo, un suizo de nombre Gilbert Favré, el gran hombre de su vida y a quien dedica sus grandes canciones de amor y desamor.
Regresó a Chile en 1965. Instaló una gran carpa en la comuna de La Reina, con el plan de convertirla en un importante centro de cultura folklórica. Su sueño se frustra ante la falta de respuesta de público y colegas. Después de venir de tantos éxitos y aplausos en Europa, se da cuenta que no se puede hacer lo que ella pensaba. Pero también estaba el amor. El amor se le vuela: Favré se marcha a Bolivia en 1966.
Esa historia de abandono la va a recrear en su canción Run Run se fue pa'l norte. Mi madre ya me lo había contado: "Creo que Violeta se suicidó después que la pareja la abandonó. Él era mucho más joven que ella". Cuando Violeta conoció a Gilbert él tenía 30 y ella 43. El cantautor chileno Patricio Manns sostiene que toda la parafernalia que rodeó su muerte fue lo que la hizo célebre. Violeta acabó con su vida el 5 de febrero de 1967.
Me pregunto cómo una mujer que le enseñó a tantos y que tenía la voluntad para sacar adelante a sus hijos (los dos son músicos actualmente- y a sus discos, poemas y tapices, que se levantaba a las cinco de la mañana para dejar la casa bien limpia y la comida hecha para después cumplir con un nutrido cronograma de conciertos, pudo haber muerto de amor. Mientras hago la comida y limpio la casa, no se me ocurre mejor acompañante que Violeta para darme vida. Una mujer imponente, visionaria. No le falta una pieza para ser una heroína de nuestro tiempo. Siento que debemos volver a Violeta.
Maldigo el alto cielo - Violeta Parra:
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