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Revista Julio: Obituario Fernando Peña
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Por un mensaje de texto me enteré de la muerte de Fernando Peña. Justo ese día mi agenda indicaba, con un cartel gigante y subrayado por mi puño y letra, ?llamar a Peña?. Ese día estarían los resultados de unos análisis que se había hecho. La tristeza fue inigualable.
Yo había estado unos días antes con él, toda la mañana en su programa, tomando mate, tratando de esbozar una sonrisa cuando lo escuchaba burlarse de su propia enfermedad y sus dolores. Agendé reuniones, planificamos encuentros y cosas para hacer, contemplando el tanque de oxígeno que debería cargar. Todo entre risas. La muerte tan cercana y entre risas, porque él así lo quería. Hasta último momento hizo planes para su futuro y eso es lo que más duele, saber todo lo que tenía por hacer y por decir.
Generoso a más no poder. Si le pedías un autógrafo, él te pedía uno a vos. ?¡Tenés que conocer a Fulano!?. Te vinculaba, respondía los mails inmediatamente y con cariño real, se acordaba textualmente de frases que le habías dicho hacía meses o de los nombres de tus amigos. Festejaba cada ocurrencia y aconsejaba poniéndose en tu lugar. Te solucionaba la vida con una llamada de celular y cuando te despedías, te encontrabas con un remise para llevarte adonde tuvieras que ir.
Era un terremoto. En un momento como este, en el que se lo recuerda por sus sacudones, por la genialidad, la valentía y la libertad con la que gritaba sus ideas, sus pensamientos y sus intuiciones, también habría que recordarlo por lo humano y simple que era. Por esa mirada y esa atención en los detalles silenciosos, por la humildad con que ayudaba, por su forma de escuchar y de callarse para que tu voz se hiciera más fuerte, por esa manera de abrazar. Porque su casa era tu casa y tus problemas los suyos. Eso también lo hacía aún más grande de lo que fue y seguirá siendo el puto más lindo del mundo.
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