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Pantallas - Revista Julio.
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Hay una corriente emparentada al llamado ?nuevo cine argentino? (generación cinematográfica que no es más que un montón de egresados de escuelas de cine e hijos de papá- integrada por dos talentos muy importantes: Martín Rejtman y Lucrecia Martel. Ambos hacen un cine sobre la incomodidad. Pero como en Freeway Julia se trata de hablar de chicas, que Rejtman se gane su lugar cuando le corresponda.
La incomodidad citada la sufren, principalmente, personajes que no tienen la culpa de pasar por esta vida con la carga de haber ido a parar al lugar equivocado. Eso queda bien claro en La mujer sin cabeza (o ?La mujer rubia?), última película de Martel, donde la protagonista convive en un entorno familiar y social hostil, al punto de que, probablemente, se inventa una historia como un escape a la rutina. Como suele suceder con casi todo en esta vida, la solución no resuelve nada. La incomodidad viene también por el lugar donde vive. Ella es rubia, es la odontóloga del pueblo, pero vive rodeada por una pobreza que queda en evidencia en el fenotipo de quienes la rodean y en la constante presencia de la crisis económica en la forma de gente que viene a pedir una changa.
Vista en perspectiva (y sabiendo que su próxima película es sobre una molestia un poco mayor: la invasión extraterrestre de El Eternauta, la historieta de Oesterheld y Solano López que ya está adaptando-, La mujer rubia completa una trilogía sobre la incomodidad de una clase social en el ambiente hostil de una ciudad del Interior. De eso se trata La ciénaga (esa familia al borde de una piscina oxidada, el sopor alcohólico de Graciela Borges, el calor pegajoso- y en La niña santa con ese hotel de campo, la religión como una herramienta restrictiva pero a su vez disparadora de curiosidades, la tendencia a estar acostados como el estado de ánimo ideal para soportar tanta incomodidad, precisamente.
Y finalmente está cómo Martel, que es una mujer y eso en un arte tan machista también descoloca, consigue transmitir cinematográficamente esa incomodidad. Los primeros planos absolutos, las oscuridades, las historias circulares, la inconducente posibilidad de una salida que vuelve a acomodar (valga el término) todo más o menos por los mismos senderos de antes. Eso puede provocar el rechazo de un público que busca cada vez más la comodidad y el favor de otro sector que cree que la incomodidad es un atractivo por sí misma. El cine de Martel, tan bueno, está por encima de cualquiera de esas despreciables categorías de mercado.
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