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El último sábado que el amanecer me sorprendió no supe dónde estaba. La sensación fue rara, incómoda. Nunca antes me había pasado, pero fue así y no puedo culpar al alcohol por ello. Lo cierto es que abrí los ojos y desconocí esa habitación donde despertaba con frecuencia; de todos modos, me bastó mirar a un lado para verlo ocupando la mitad de la cama. Fue entonces cuando me puse a pensar en cada día que despertamos juntos, en cuántas veces él no habrá sabido que era yo la que dormía a su lado sino hasta que escuchaba mi voz y me veía.
La actitud de mi día después era casi siempre la misma: preguntarme qué hacía con tipos como él, por qué les entregaba mi cuerpo y desperdiciaba mi tiempo. Pero esa constante cambió desde ayer, cuando el protagonista de turno supo cómo y dónde tocarme. Siempre fui consciente de que la noche de ayer llegaría (tarde o temprano-, y la estaba esperando ansiosa porque presentía que la iba a pasar bien, que después de un largo tiempo alguien iba a hacerme pasar como se debe.
Lo mejor de todo fue que hubo cena previa y mimos al aire libre. Por primera vez en muchos años alguien se paseaba conmigo delante de la mirada de los otros, alguien no me tenía secuestrada dentro de un auto ni se manejaba conmigo en la clandestinidad.
La pasé muy bien a pesar de que prácticamente no lo conocía ni habíamos tenido casi intimidad. Él me hizo cosas que hacía mucho que no me hacían; yo le hice cosas que ni siquiera recordaba cómo hacerlas. Lo sentí en todos los planos.
Desconozco qué le pasó a él conmigo y tengo la sensación, bastante certera, de que nunca lo sabré.
Cuando acabamos él tenía sueño y cerraba sus ojos; se alejaba cada vez más de mi lado. Ninguno de los dos habló. Fue como una sucesión de escenas mudas. Él repitió hasta el cansancio que estaba cansado. Fue la forma que tuvo de demostrar incomodidad conmigo, su forma de decirme que ya había hecho lo que quería y que era hora de alejarse para siempre. Yo quería que siguiera callado, porque sabía que cuando hablara iba a ser para pedirme que me vistiera y que nos fuéramos; y así fue.
Es verdad que otras veces me sentí vacía después de una noche así, pero esta vez la sensación fue diferente porque estuve ahí toda: mi cabeza y mi cuerpo disfrutaron plenamente. Entonces amanecí sin sentir que había estado perdiendo el tiempo y consciente de dos cosas: que él había sido un hombre más que pasó por mi cuerpo pero que no se robó ternura ni sentimientos, y que yo no había sido para él (ni volveré a ser para nadie- el recipiente de turno para sus depósitos.
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