|
Revista junio - La vida del actor
|
|
|
|
 |
|
|
|
Vivo solo. Vivir solo es una bendición. Vivir solo es también, a veces, una invitación a la locura. Tengo una ex novia en Amsterdam. Una sexópata. Ninfómana. Se fue a Holanda a enderezar tulipanes con los glúteos. Un día me mandó un regalo: una muñeca inflable con una cara parecida a Mario Bros. Se llamaba Bartolita.
Nunca entendí por qué me mandó este regalo a distancia. A veces las mujeres te hacen regalos que no sirven para nada. Todavía tengo una tuna que me regaló otra ex novia que trabajó en el Jardín Botánico. Pero Bartolita tenía algo, cierta onda, más allá de ser casi un metro de hule y ocupar lugar en la casa.
Yo seguía con los ensayos cansadores -en esos días estaba con una obra y llegaba muy tarde en la noche-. No tenía tiempo para nada. Muchos ensayos. Hacía meses que no tenía contacto con nadie. Confesión: cuando no encontraba nada en la vuelta acudía al humilde juguete, así que dos por tres me clavaba a Bartolita, que tenía un agujero en el culito. Por suerte, al mismo tiempo, comencé a tener una relación con una compañera de elenco. Pero empecé a percibir que algo extraño sucedía.
La muñeca estaba diferente. Se movía sola. Era increíble. Una muñeca es una muñeca, pero a veces no. La muñeca comenzó a hacerme la vida imposible. Al igual que las mujeres, parecía percibirlo todo. Astuta. Sabía que había ?otra?. Empezaron sus escenas de celos. Cerraba el orificio trasero. Aparecía dentro de la bañera flotando. Quería dormir conmigo. Se ponía en la puerta para no dejarme salir. Raro, pero en verdad sucedía.
El estreno se acercaba. Estaba extenuado. Con mi nueva novia todo fluía. Una noche ocurrió lo que como ser humano no pude presentir. Bartolita quiso asesinarme. Mientras dormía, sentí una respiración ardiente y sórdida que penetraba mi oído. Había mucho odio en ese aliento. La muñeca se disponía asfixiarme con una bolsa de Grandes Tiendas Montevideo. De un piñazo la volé de mis aposentos. Su cuerpito dio de lleno contra la vieja y querida tuna que yace en mi mesa de luz.
Nunca tires lo que te regaló tu ex novia, aunque si es una muñeca comprada en un sex shop de Holanda, pensalo dos veces. Juro que nunca hubiese querido escuchar ese ruido: pprrrrrrsshhh. Perdió todo el aire que le daba vida. Muerto el perro se acabó la rabia. Hice el duelo. Ya no era el mismo. Estrené la obra -era Casa de Muñecas, de Henrik Ibsen- y me separé de la actriz. La vida del actor es simple.
|
|
|
|
|
|