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Había estado muy bueno la última vez. Había sido solo tres semanas atrás, pero siempre parecía que hubiesen pasado meses, incluso años. Marcos intentó culparle aquella percepción al tiempo, Junio se había devorado al otoño tan rápido que todo parecía moverse a una velocidad diferente.
Sí, la última vez había estado muy bueno. Hubo asado y queso provolone. El Vasco había recomendado leer ?El Eternauta? y casi ninguno lo tomó en serio. Marcos trajo varias veces a tema el libro de Kenzaburo Oé que había leído recientemente, pero al parecer ninguno había tocado nada del japonés. Silvia le dijo en la vuelta a casa que no valía la pena hablar tanto de un libro si nadie lo leyó, y Marcos sintió un poco de vergüenza al recordar la cantidad de veces que llevó el tema de aquella novela a la mesa. Igualmente, había sido una gran noche y se estaban dirigiendo nuevamente, después de tres semanas, a la casa del Vasco y Lula, a lo de los Vascos, como sólo les decían Marcos y Silvia.
De alguna manera los Vascos se las habían arreglado para tolerar el cambio de Montevideo a Atlántida. La razón principal era clara: la tía de Lula se había muerto y le dejó aquella casa de techo a dos aguas, y era venderla, irse a vivir para allá, o seguir viviendo en Paullier y Nicaragua y alquilársela a otra persona. Al principio, Silvia y Marcos intentaron convencer a los Vascos de que no se fueran de la ciudad. Las razones eran varias y muy sólidas, pero la idea de no tener que andar pagando el alquiler y tener algo propio, algo suyo, terminó con cualquier argumento expuesto por sus amigos.
Especialmente, esa frase, algo nuestro, era algo que había quedado resonando entre Silvia y Marcos, que se acababan de mudar a un apartamento en Parque Rodó, casi el Centro. Ni bien se mudaron, Silvia llamó a Lula. Silvia siempre llamaba a Lula en cada nuevo cambio importante que realizaban. Quizás necesitaba de su experiencia, ya que los Vascos venían con un largo historial de emprendimientos juntos, no todos rotundamente exitosos, pero entretenidos, y hasta emocionantes, pero por sobre todo, suyos. Los Vascos nunca habían hablado de tener hijos, pero a Marcos y Silvia les gustaba la idea de convertirse en tíos, quizás padrinos, sugerir nombres, organizar la baby shower, tener aquellas graciosas discusiones sobre qué regalarle al niño. Silvia se imaginaba a ella y Marcos conduciendo por la interbalnearia, como ahora, pero con un elefante rosado de peluche o un Transformer envuelto en papel plateado.
Marcos había pensado hablar sobre la posibilidad de ir los cuatro a la Cañada de los Cuervos para principios de diciembre, pero todo aquello quedó flotando como en una pileta tapada por restos de comida, cuando recibieron aquella noticia. Lula y el Vasco iban a separarse, o, como terminó corrigiendo Lula, tomarse un tiempo. La cassata de Conaprole se fue derritiendo hasta convertirse en un barro dulce, mientras que el Vasco explicaba que no quería que cambiara nada de la relación entre ellos, que Lula y él lo habían conversado, y no querían dejar de verlos, más allá de que iban a vivir en casas separadas. Ella se iba a quedar con la casa, él volvía a la casa de su madre en Palermo. Lula hablaba sobre cosas como conocer gente nueva, pero Marcos sólo podía contemplar aquellas manos que se agitaban de un lado al otro, con el cigarrillo entre unos dedos que acababa de descubrir largos y finos, como ramitas enclenques coronadas por esmalte rojo. Luego de despedirse, antes de agarrar para Mario Ferreira, Marcos se detuvo unos segundos, viéndolos en la ventana conversando tranquilamente, mientras metían en un tupper los restos del asado.
La ruta estaba igual de despejada que en la ida. Ya eran las seis y el sol había bajado. Marcos sintonizó una radio con temas románticos de los ochenta. Silvia sacó la mano por la ventana, formaba un ángulo cóncavo con la palma, sintiendo como el viento le llevaba el brazo hacia atrás. El resto del viaje apoyó la cabeza contra la ventana y se hizo la dormida.
De noche pidieron unas empanadas. Estuvieron la mayor parte del tiempo en silencio, haciendo un zapping perezoso que encontró cauce en un documental sobre los mayas. Justo cuando estaban los avisos, un apagón cayó sobre Parque Rodó y mitad de Pocitos, siendo el living invadido por el conocido vacío que queda cuando un televisor se apaga súbitamente. Marcos, con la luz del celular buscó sin éxito una vela. Se volvió a sentar, intentando distinguir a Silvia desde el otro lado de la mesa. En aquella oscuridad, Silvia sólo era la brasa de su cigarro, un faro lejano que se iluminaba cada vez que pitaba. Pasaron varios minutos de silencio hasta que Marcos le comentó sobre lo frío que se pone Atlántida en junio. Sus pupilas comenzaron a dilatarse y reconoció en la oscuridad el mentón de Silvia, sus dedos sosteniendo el cigarro, los labios pelados por el frío. Silvia se tomó un tiempo, soltó humo por la nariz y dijo ?lo que mata es el viento?.
Se escuchó un breve sonido, las luces de otros apartamentos se encendieron como celdas de panal diseminadas en la noche. La energía había vuelto, lo sabían por la pequeña luz roja en el televisor, que era un silencioso voyeur observándolos en el borde del silencio. Se volvió a oír la heladera, el reloj del microondas volvió al incómodo 00:00, pero nadie encendió la luz, siguieron observándose, encontrándose nuevas marcas en la oscuridad de la sala.
((recuadro))
(*) Agustín Acevedo Kanopa (Montevideo, 1985) debuta en las letras en 2007 con el poemario Caja negra, aunque siempre se consideró un narrador. En 2008 integra el plantel de escritores jóvenes de la antología narrativa De acá. Realiza una labor esporádica, irresponsable y verborrágica en el blog degollandocisnes.blogspot.com. // Es el tercer invitado de "Ozono", espacio de ficción para escritores jóvenes. Asesoría meteorológica y edición: Pablo Trochon (ozono@freeway.com.uy).
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