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A pocos metros de las internas se constata una realidad: las elecciones se van a definir entre dos señores que superan los cincuenta. No es un dato menor: LA LONGEVIDAD POLÍTICA y la cédula del candidato dicen cosas. Pero el poco empuje de la gente llamada a sucederlos, también.
Este será un espacio caprichoso, porque cualquier votante comprometido con algún partido, que esté indeciso y sea consciente de su poder, podría argumentar que su indecisión no tiene que ver con la edad del candidato. Por eso, de buenas a primeras, la cuestión generacional bien podría tacharse de capricho.
Sin embargo, hay datos y hay situaciones que hacen viable la queja. Escribe el periodista Ricardo Scagliola en su Facebook sobre la intención reeleccionista del oficialismo: Se entusiasma con reformular la Constitución, aunque sin explicar bien qué y para qué. El poder llama, escribe después. Y el afán por conservarlo en base a nuevos (viejos) caudillismos se hace la regla. Y está claro. Por eso varios mandatarios en Latinoamérica buscan perpetuarse en sus asientos, desde Ecuador hasta la Argentina de los cargos testimoniales, donde la actriz Nacha Guevara va a competir por un asiento que luego ocupará vaya a saber quién. Por fuera de todo esto, en Uruguay tendremos en el núcleo de la disputa a cuatro políticos que superan los 50 años, un dato sintomático para un país que se autoproclama de viejos.
Eso no inhabilita el pataleo. Tampoco comprender que la culpa podrá ser de estos viejos candidatos, o de las estructuras de sus partidos, o de una fuerte presión de sus círculos más próximos a dar paso al recambio. En otras palabras: la quieren tirar larga, pero el resto habilita sin poner el pie ni pedir el offside.
¿DÓNDE ESTÁN LOS JÓVENES? ¿Dónde está la gente con ganas de ser interlocutora real de su grupo social, sea cual sea y más allá de salir a tocar con un bombo, poner un stencil o pegar una calcomanía? En una de las vueltas por el país siguiendo políticos en campaña para las internas pude charlar un rato con Milton, un joven militante de un partido tradicional que intenta hacerse un sitio en el Interior. Para él, la política es como ir al club de veteranos del barrio, ese en el que como mucho, tenés un flipper para jugar y en donde en las mesas de truco no se molesta ni se pide para entrar. La verdad es que doy una mano para ver si gana el intendente y me consigo un trabajito en el municipio, remata.
Dirán que es sólo un caso, que en el Interior (y la capital) eso es práctica común, o que sí hay mecanismos para dar cabida a la gente joven; y todo eso podrá ser cierto en mayor o menor medida. Hace algunos años un periodista veterano, de esos que se miran como tótems, me dijo: Espero con ganas el día que venga un joven inconformista a sacarme de donde estoy, como yo lo hice antes. Aunque la imagen sea exagerada, el concepto es el mismo: que los de abajo se busquen un hueco importante.
En ese sentido, la política se parece al plantel de Peñarol: el problema más grave no es que los viejos no quieren irse; es que simplemente no hay jóvenes con la fuerza necesaria para sucederlos y darles un digno retiro. Y todo esto porque ninguno de los partidos con opciones ofrece una estructura joven ni se acompaña de ellos. En definitiva... pasa igual que en Peñarol: invertir en inferiores no fue una prioridad, y tampoco es cuestión de poner lo primero que encontremos en la tercera porque pasa lo que pasa.
PROBLEMAS DE SALUD Me llama mucho la atención que de los cuatro candidatos, antes de los cinco años de presidencia, dos están tecleando por problemas de salud, dice Lucho, un amigo español, y a mí me da un poco de vergüenza, propia y ajena. El sentimiento rechina un poco más cuando le comento lo que con seguridad vendrá, los discursos que al encontrar facciones juveniles hablarán de su coraje, su luz, su pujanza, su energía, y poco más.
En definitiva, que en política los jóvenes siguen siendo outsiders, como remata la columna de Ricardo. ¿Qué estarán haciendo o qué deberían hacer los futuros líderes de opinión? Cuando tomen su responsabilidad como tal y comiencen a ser voceros reales de la nueva camada de votantes, probablemente haya un poco menos de apatía política. En el mejor de los casos, es probable que menos gente milite para asegurar el sueldito de los próximos cinco años y nada más.
Sí, este fue un espacio caprichoso y hasta inocente porque es un espacio en el que se exigen cosas bajo unos argumentos discutibles por cualquier padre, tío o abuelo. Pero pocos días de campaña y la suerte de estar en contacto con más de un yo elijo dan la pauta de que, por fuera de la idoneidad de nuestros candidatos -eso no es lo que aquí se discute-, el medio carece de líderes de opinión. Líderes que puedan apelar a algo más que no sea disfrazarse con los códigos de estética, dialécticos o sentimentales de una nueva generación en algún jingle, plataforma virtual o mensaje con onda en horario central. No estaría nada mal que de una vez por todas apareciera gente que nos integre a la discusión. Que interprete y pueda discutir a favor o en contra de nuestras ambiciones, de pique, porque son personas que tienen por delante varias estaciones más.
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