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Como cualquiera sabe, existen dos clases de familias: las que andan más o menos bien y las que funcionan de manera deficitaria. A las de esta última clase también se las conoce como las familias que le gustan a Sam Mendes.
En Belleza americana, el director dejaba claro que la institución familiar era un barbijo carcelario, en el que la libertad sólo podía ser un fugaz placebo hacia territorios peores. En su segunda película, Camino a la perdición, la volvía una caja de resonancias de mentiras, tan propias del mundo adulto. Salteando Soldado anónimo (en la que, tal vez, se puede ver la fuerza insuficiente y embrutecedora de otro clan, el Ejército), es quizás en su última obra, Revolutionary Road (evitemos el lugar común de la traducción, Solo un sueño) donde la capacidad de destrucción masiva de la familia queda más evidente: ese ambiente lleva a los valientes que se le atreven a la locura y a la desintegración moral.
EL MUNDO DE LESTER Lester Burnham, el protagonista de Belleza americana, es la víctima predilecta de las películas familiares que dirige Mendes. Oprimido, con una tolerancia cómplice, por su esposa fría y curricular, hija adolescente, trabajo y rutina, Burnham se aventura en territorios aparentemente liberados. El combustible es una vitalidad que no se desconocía y el saludable motor, una marihuana potente. Así va desarmando cada una de las convenciones de la clase media con un auto soñado en la juventud, un trabajo menos demandante, una vida más sana y una franqueza que desconocía.
La familia se destruye explícitamente, ante la negación de la mujer y la sorpresa de la nena, quien empieza la película amenazando con un parricidio, una medida extrema ante problemas hogareños. Los vecinos que siguen representando el papel de familia autosuficiente y tradicional ya tienen enquistado el mal (después de todo, su hijo es el dealer de la cuadra) pero se mantienen a fuerza de miedo y algo de violencia doméstica. Mendes y su guionista Alan Ball representan el carácter represor del núcleo familiar tradicional a través de la posesión de parafernalia nazi. Es el jefe de esa familia, un ex militar, el que pondrá en su lugar las cosas, no sin antes revelar el alcance de su degradación al sacar a luz algunos secretos. Que la única familia que funcione sea en su versión unión de personas del mismo sexo justificaría toda otra nota. Intentaré evitarla.
Mejor ir directo a Revolutionary Road, cuya precisión entusiasmó estas líneas. En su combinación de Ingmar Bergman y John Cheever, es capaz de profundizar aún más la desazón que le provoca la institución familiar, a pesar de que su vida pública anda alardeando de un buen constituido hogar que incluye a Kate Winslet.
DESINTEGRACIONES Ambientada en la soñada década de 1950, la última película de Mendes toma escenarios del melodrama clásico de suburbio, para transgredirlo de la misma manera y con iguales aspiraciones teóricas que Todd Haynes en Lejos del paraíso.
La pareja protagónica comienza a desintegrarse después de un comienzo tan idílico como todos, cuando la mujer no se resigna a permutar la presión de la sociedad por su sueño de viajar a París, destino de tantas fantasías bohemias. El marido, sin embargo, empieza a sentir que para su satisfacción personal, o lo que se espera de él, seguridad es mejor que incertidumbre. La insistencia en tener más hijos -aunque los que ya tienen son como un accesorio más de tanto confort de clase media alta- es la única manera que el hombre (Leo Di Caprio) tiene de conservar en pie el castillo familiar. La estructura del hogar es un ancla para las aspiraciones de héroe romántico de la mujer, pero un requisito para la seguridad a la que aspira el marido. Que éste se dedique a un incipiente negocio de la computación, también refuerza la sensación de un tiempo analógico que se termina junto con el concepto de familia que heredan los personajes.
El espejo de unos vecinos con un hijo oligofrénico pero sensato que es contemplado con negación por los padres, no ayuda a la esposa (Kate Winslet) a cejar en su intento de hacer algo más de su vida que ver crecer las begonias. En algún momento el hombre es convencido de embarcarse en las aspiraciones transatlánticas de su esposa, pero la sociedad lo tienta, con una sincronía malsana, casi premeditada. La frustración descargada en adulterio tampoco ayuda.
El final es cruel, como si las estrategias para sobrevivir hasta el hundimiento -como los músicos del Titanic, perdón el facilismo- merezcan un castigo ejemplar. Al igual que en Belleza americana, solo los raros -los locos, los homosexuales- conocen el secreto de esas cosas que no se dicen y se las ingenian para sobrevivir este mundo. Así, Revolutionary Road es la película del consultor familiar más sincero del mundo: presenta el problema y se esconde el manual.
((RECUADRO))
se viene La comedia Away We Go, la nueva película de Mendes, trata del viaje iniciático de una pareja visitando distintos estereotipos de familia, casi todas disfuncionales. Actúan John Krasinky (el galán de The Office) y dos viejos conocedores de familias problemáticas en el cine: Jeff Daniels (The Squid and the Whale) y Catherine O’Hara, la madre olvidadiza de Mi pobre angelito.
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