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Hincha de onetti - Patricia Turnes
Revista junio
 15.06.2009 
     
Hincha de onetti - Patricia Turnes
Juan Carlos Onetti trabajó algún tiempo vendiendo entradas en el estadio. Todos los domingos, después del mediodía, se preguntaba si esas bestias –los hinchas, los jugadores- no tendrían alguien con quien tirarse en una cama a escuchar llover. Yo tampoco entiendo la cultura futbolera. Lo siento. Son códigos en los que no entro.

Sí puedo entender la pasión, el orgullo, la identificación que sienten, pero no hacia un deporte. Puedo entenderlo porque hay algo de lo que sí soy hincha: del mismísimo Onetti. Lo reconozco; soy de la barra brava de Onetti. Cuando entra alguna señora o señor bien a la librería donde trabajo y hace el comentario ¿qué tal está el libro de Vargas Llosa sobre Onetti?, le pregunto inmediatamente si ha leído la obra de Onetti. Por supuesto me contesta que no, o que muy poco. Que le gusta Vargas Llosa. Como a mí no me gusta el peruano, les doy a ese tipo de clientes mil argumentos para que no compren ese libro y sí alguno de Onetti: El pozo para empezar, y después hay que seguir por los cuentos, o por La vida breve. ¡Ay, no sé; Onetti es muy difícil! Cada vez que me lo he puesto a leer no lo entiendo. A Onetti hay que dedicarle tiempo, retruco, pero suelen contestarme, sin demasiada esperanza: Hay que ser un genio para leer a Onetti.

Y sí, este año se puso de moda y hay que consumir Onetti; por lo menos tener el libro de Vargas Llosa tirado en el living. Hay un esnobismo intelectual, qué novedad, y más ahora que se cumplen los cien años del nacimiento. Todos quieren tener una parte de él. Un profesional, psiquiatra creo, me dijo, también en la librería: Onetti es muy depre.... Y bueno, recomendales El astillero a tus pacientes y cuando caigan en la depresión los atendés, ¿no?. No hay caso. No logré siquiera que entendiera mi chiste ni que se llevara el libro.

¡ONETTI ES UN SENTIMIENTO!
**** Odiaba y amaba a las mujeres con la misma intensidad. Porque nos conocía. Distinguió todos los estereotipos acerca de la mujer en las primeras veinte páginas de su primera novela: madre, virgen, puta, niña, amiga, amada. Me asombra cada día más que el tipo la tuviera tan clara, más que Maitena y más que los que se dedican a escribir ensayos sobre la condición femenina. Onetti, por su misma condición de gran escritor, fue hombre y mujer a la vez. Así que no me vengan con la androginia del Viejo. ¡Qué Simone de Beauvoir, leé a Onetti, sensibilizate, a ver si entendés un poco más de los sentimientos entre los sexos!

**** Modelo de virtud. Como periodista en Reuters, como columnista para Marcha, como cuentista y como novelista. No ha nacido hasta ahora alguien que lo haga todo tan bien. Inmaculada prosa. Extrema sensibilidad. Él domina ese difícil arte de enunciar lo onírico, la decadencia elegante y también la cruel; tiene un don especial para atrapar el fluir del alma a través de personajes sumamente originales, inolvidables. Insustituible. Uno de los pocos orgullos que siento de vivir en Uruguay es que este país haya sido la patria del autor de Juntacadáveres.

**** Sin pelos en la lengua. Políticamente incorrecto, siempre. Pero igualmente un hombre con un criterio de justicia muy suyo. En un reportaje que le hizo Magela Prego en la cama del apartamento que compartía con su mujer Dolly, en Madrid, aquel famoso documental en el que el escritor se convierte en una rock-star y mueve hacia la cámara un arma a lo Kurt Cobain, dice que frente a un conflicto político siempre se pone de parte del más débil. Cuando un periodista español le preguntó qué significaba haber ganado el Premio Cervantes, respondió: Ciento diecisiete mil dólares. Y recibió ese premio mucho antes que el mediocre de Vargas Llosa, que se moría por ganar la cocarda.

**** Un caballero medieval viviendo en el siglo veinte. La locura de Don Quijote se debía a la cantidad de novelas de caballería que había leído; la de Onetti venía más que nada por un exceso de lectura de novelas de Faulkner y otros revulsivos escritores como Cèline y Nabokov.

**** Fundador de una ciudad mítica: Santa María. Fue el primer discípulo de Faulkner; de él sacó la idea de crear una ciudad a la manera de Yonapatawa y lo reconoció siempre. Muchos escritores latinoamericanos como García Márquez lo harían después y agradecerían a Onetti y a Faulkner. Pero después. Onetti fue el pionero.

**** Reivindicación de la juventud. Después de la adolescencia y juventud, sólo hombres perdidos. Hombres que transan. Hombres sin alma, sin escrúpulos, vacíos, alienados. Seres humanos que fracasan.

**** Vicioso. Escribió su primera novela El pozo gracias a una abstinencia. En Buenos Aires se prohibía por ley salir a la calle a comprar cigarrillos, y él trató de manejar su ansiedad llenando esos papeles. Sustituyó un vicio por otro. En 1939, su amigo y poeta Juan Cunha improvisó de editor. La tapa de la primera edición de la nouvelle tenía una reproducción de Picasso apócrifo –asegura Onetti que lo dibujó él-. Ahí hace su aparición Eladio Linacero, un hombre de ciudad atrapado por sus dudas existenciales. Mucho antes de La náusea, de Sartre.

**** Muertos en 1994. El mismo año que se llevó a Bukowski y a Kurt Cobain. Para mí no existen las casualidades. Tres talentosos y revoltosos se pelaron ese año. Algo estaba escrito desde el más allá. En sus últimos años en Madrid era huraño, maniático, malhumorado, cascarrabias, insoportable. Fumaba más que Humphrey Bogart en sus películas. Tenía un cartel pegado con chinche en la puerta que decía Onetti no está.

**** Una vez en un pub entró un pibe con una remera de Onetti. Podía haberse puesto una de Burroughs, de Morrissey o algún otro defensor de los jóvenes. Pero no; era Onetti. A mi amigo le molestó el stencil y le pareció berreta y careta que alguien se dignara a usar una remera del Onetti. Yo lo defendí. ¡Era otro hincha como yo!

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