|
 |
|
|
|
Alejandro cantaba a los gritos golpeando con el vidrio del pico de la botella de Jim Beam en sus labios una canción de amor de Tom Waits, mientras esperaba que su amigo Rodolfo lo pasara a buscar para ir a un baile en la calle organizado por el comité de base del barrio. Justo, cuando el dolor se calmó, sonó el timbre. Rodolfo bebió moderadamente un par de copitas con él, sabiendo que iba a tener que cuidarlo.
El cruce de calles estaba atestado de gente bailando y cantando música ilegible para Alejandro, que intentaba comprender algo dentro de su mundo borracho. Rodolfo le dijo que se quedara en el lugar mientras iba a echar un vistazo para ver si encontraba a unos amigos que supuestamente iban a ir.
Lo que veía Alejandro flameaba como una ameba alucinante. No podía enfocar nada y esto lo divertía. Cuando pasaron unos minutos se le acercó un pinta y le mangueó monedas para el vino. Alejandro le dio un billete de veinte pesos (una fortuna) y el tipo de inmediato lo llevó hasta sus colegas de vino y lo presentó a todos.
Este valor nos dio un veinte así que pásenle la botella mientras voy a comprar más y cuídenlo que este es amigo, dijo.
Los cuatro con los que se quedó le pasaban la botella y le decían lo buen tipo que era. Alejandro les sonreía y bebía a la par con ellos. Fue justo cuando llegó el vino nuevo cuando Rodolfo lo encontró en la ronda vinera. Un poco asustado saludó a todos y le dijo al oído de ir a otra zona del baile. Se despidieron de todos y se negó a llevarse un poco de tinto en una botella de plástico dándose un largo buche de despedida.
Al rato, le empezó el malestar de oídos, y como caído del cielo, aparece su gran amigo Gabriel recién llegado de Holanda. Los abrazos fueron acordes a la alegría. Gabriel también estaba un poco borracho.
Yo estoy saturado del bailongo de mierda, dijo Gabriel. Tengo una tripita en casa y un faso tailandés que están de puta madre. Si querés pasamos y levanto unos casetes nuevos y nos vamos para tu cuarto a escucharlos. ¡Perfecto! dijo Alejandro.
Mientras la tripa se disolvía pegada a las glándulas salivales, dieron unas pitadas al porro y Screaming Jay Hawkins cantaba, gritaba y chillaba como orangután en una selva de vudú y mezcal su I put spell on you, así que Alejandro en el water, vomitó durante un rato hasta quedar blanco y verde como el papel. Le pidió a Gabriel que se fuera y se acostó a calmar la mente.
Abrió los ojos. La luz del domingo iluminaba con ternura los cientos de fotos y afiches de las paredes. Puso a bajo volumen Rain dogs de Tom Waits. No tenía ni una pizca de angustia resacosa. Una felicidad inexplicable recorría su cuerpo, era el ácido quien se la provocaba de una manera tan dulce, que se quedó boca arriba en la cama disfrutando de esa alegría durante varias horas.
(*) canción de Screaming Jay Hawkins
|
|
|
|
|
|