|
Si pienso en Onetti pienso en una cama, cigarros y alcohol. También en que hay ojos que pueden cargar el dolor de muchos otros. También en que uno puede morir años antes de morirse.
El viejo Onetti era la prueba viviente de que entre arte y política puede haber un muro. Y aclaro lo del viejo porque fui a rastrear su biografía y de joven se recorrió Uruguay a caballo para realizar un censo; quiso ir a la Unión Soviética para ver el socialismo y también enrolarse con los republicanos en la Guerra Civil Española. Su actividad política más constante fueron los dieciocho años en los que fue Director de Bibliotecas de la Intendencia de Montevideo. Luego participó en revistas y semanarios, con distintos cargos pero siempre concentrado más en la pluma que en la ideología.
La política acontece en el mundo; ése es su escenario principal pero sobre todo su lugar de ensayos, donde se gesta desde el principio. El arte, por el contrario, termina realizándose en el mundo -el libro se vende, la canción se escucha, la pintura se contempla, el teatro se representa- pero existió antes de llegar allí. Llega a nosotros justamente porque nació tiempo atrás. De ahí que la soledad sea una de las condiciones de la creatividad.
Pasa que algunos artistas no sienten ninguna interferencia entre estos dos planos. Creen que su universo creativo privado encaja correctamente en el mundo que recibe sus creaciones. Fluyen de uno a otro con naturalidad. Cuidado que eso no tiene que ver con los éxitos y los honores que les brinda el público. Es algo más estructural: la sensación de si el mundo es a fin de cuentas un hogar o una intemperie desolada. Y esto último creía Onetti. Recibió premios, halagos, invitaciones, afecto, traducciones, dinero, puertas, oportunidades. Nada de eso logró vencer el profundo desencaje que percibía entre su vida y el mundo.
Cabe advertir que este desgarro lo sufren muchas personas y la enorme mayoría de ellas no son artistas. Sucede que estos últimos tienen la dicha de hacer de esa rotura una fuente de creación. La extrañeza que les genera la realidad los inspira para reinventarla y, al hacerlo, hacen el mundo más habitable para todos.
En el caso de Onetti este fenómeno se vuelve extrañamente paradójico. En una entrevista le preguntaron: ¿Estado presente del espíritu? Resignado. ¿El principal rasgo de su carácter? La pereza. Ese hombre, borracho de abulia, escondido en su hosquedad -donde suelen esconderse los seres vulnerables- hizo con su pluma una escalera para trepar el muro que separa el arte de la política.
Él se raspaba la frente contra ese muro, lo veía inmenso, miraba hacia arriba con sus ojos caídos y creía imposible e inútil escalarlo. Del otro lado estaba el mundo lleno de injusticias, de eventos sociales, asambleas, políticos, colegas, consignas, banderas, actividades. Pero él se recluía y escribía contra ese mundo, decía cosas como esta: No había ya experiencias, nada más que costumbres y repeticiones, nombres marchitos para ir poniendo a las cosas? (Bienvenido Bob, 1944). Al escribirlas, estaba generando un agujero en ese mundo aunque él no se animara a mirar a través de él y menos a meter un pie para subirlo.
Y la importancia de escalar el muro es que la vida se juega del lado de la política, siempre entendida en su sentido básico de generación de modos de convivencia, de organización de actividades (un simposio sobre Onetti, por ejemplo), de emprendimientos y riesgos.
Transformar los miedos, los desgarros y los asombros, en obras de arte, está reservada para unos pocos que, del otro lado del muro, nos regalan escalones.
Rebelarse contra la resignación de Onetti es, a fin de cuentas, una manera de homenajearlo.
|
|