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Me encantan las panaderías. Tengo planeado una especie de tour por las que más me gustan, pero no sé si tendré público interesado.
Las que más me gustan son las que están repletas de gente. Sería más fácil optar por comprar en alguna más descongestionada, sin clientes, pero desconfío de los negocios de poca convocatoria, sobre todo si venden comida. Si voy a una panadería vacía pienso que la mercadería ya está vieja, a punto de descomponerse, por eso elijo las que parece que van a explotar y las empleadas están como locas, chocándose unas con las otras, atascadas, deseando renunciar cuanto antes.
Mientras espero mi turno juego con el numerito que he sacado y trato de darme cuenta si es el cero seis o el noventa. Es el NOVENTA. Observo los desconocidos que me rozan y la ropa de las empleadas. Hay dos tipos de uniforme. Las que atienden en el mostrador usan una túnica muy ceñida, manga corta, celeste y azul. La cajera lleva una solamente azul. Azul marino. Atravesando una cortina de perlas multicolores aparece una rubia con túnica azul marino y comienza a atender sin sonreír. Ochenta y siete. Grita. Se me ocurre que esta última que entra en escena debe ser la dueña, una de las socias junto con la cajera. Por eso usan los mismos colores y se diferencian del resto. Una está en la caja y la otra se permite gritar. Aparte, se nota a la legua que sus uniformes están hechos a medida. Los de las otras empleadas son una berretada, hechos así nomás. Nadie responde al ochenta y siete, así que continúa con otros números. Seguro son las dueñas, hermanas o primas, son parecidas, aunque puede que también sean empleadas con más antigüedad. La cajera levanta el control remoto del aire acondicionado y, sin consultar con nadie, envía ondas invisibles para bajar la temperatura. Sí, es la dueña. Ochenta y ocho. Ochenta y nueve. Dos señoras le muestran sus papelitos a la vez. Mientras solucionan su insignificante problemita, una chica muy simpática, jovencita, de uniforme celeste y azul, cara de pobrecita, susurra mi número y le pido una tarta con mucha mucha mucha crema.
Mientras como la tarta trato de descubrir por qué tengo esos pensamientos y hago esas deducciones que no me sirven para nada. No sé, pero cuando haga el tour podré explicarles mejor mis observaciones al pedo
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