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Un buen debate que seguramente todo el mundo ha tenido con sus amigos es si es preferible leer los libros antes o después de haber visto su adaptación cinematográfica. En general, las películas tienen más difusión que los libros y éstos, los verdaderos generadores de la historia y de las situaciones límite, quedan a menudo en el imaginario colectivo a causa del film. Pero los que han leído los libros previamente suelen decir, en la inmensa mayoría de los casos, que les ha gustado más el libro. No he visto la película El lector –aunque he tenido versiones de que es muy buena- pero desde ya puedo asegurar que muchos de sus méritos vienen de su fuente, una verdadera obra maestra. La novela alemana de Bernhard Schlink, que acaba de ser reeditada en Anagrama, fue publicada por primera vez en 1995 y se convirtió en un boom internacional traducido a decenas de lenguas. Hoy la novela vive un nuevo empuje y se lo merece desde todo punto de vista. La historia tiene tres partes bien definidas: en la primera, un liceal de quince años mantiene una relación de amor y sexo total con una mujer de 35 años, de una intensidad tal que obnubila todas las demás relaciones que este joven mantendrá con otras mujeres en su vida. Un detalle insólito es que una parte del placer de la relación es que el chico lee literatura clásica en voz alta a su amante. La segunda parte es el reencuentro con ella, cuando él es estudiante de Derecho. Es en un juzgado, y Hanna está siendo condenada por su pasado nazi. En la tercera parte ellos –ya mayores- prácticamente no estarán jamás juntos, pero él hace algo que los une de un modo sorprendente y simbólico, hasta la muerte. La novela se lee de un tirón y está llena de sorpresas. Escrita en un lenguaje profundo y claro, tiene la luz de la inspiración, y a la vez, el desasosiego que ha dejado en todos los seres humanos el horror del Holocausto, con sus consecuencias infinitas de culpa, conciencia y responsabilidad moral.
((recuadro))
relatos ultraviolentos Brevísimo volumen de un autor, Eduardo Alvariza, que ha escrito tres escasos libros, todos ellos deliciosos. Y dos de ellos, ultraviolentos. Este es uno. Se trata de un conjunto de cuentos, donde algunos son relatos donde el humor y la inteligencia se respiran en cada palabra, pero siempre con finales inesperados, escatológicos y patéticos. Luego, en el corazón del libro, aparecen unos microrrelatos de gran inspiración poética, como si Alvariza juntara con cucharita su extrema creatividad que se le ha partido en dos tendencias. Ameno, cómico y en ocasiones tarantinesco, es una verdadera excepción en la literatura uruguaya. (Mecanismo a válvula, relatos de Eduardo Alvariza, Estuario/Hum, Montevideo, 2008).
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