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Santo Domingo es un paraíso tropical con negras esculturales, mulatas de órdago y el espectro malhadado del cruento dictador Trujillo paseándose por el malecón. Santo Domingo es la joyita de República Dominicana, una joya calurosa y húmeda, sensual como una ostra y un par de ángeles hembra besándose con lenguas ardientes y rozando los pares de alas.
Después de la presentación de una antología de poesía, fuimos a festejar con unos amigos de aquí. Ellos dicen que este país es para gozar, y es verdad. Corrió ron del bueno y el mejor tabaco del mundo, cerveza Presidente y unos exquisitos platillos de langostas y otros productos del mar. Se nos acercó a la mesa al aire libre una negra de un metro ochenta y unos noventa o cien kilos de peso. Ofreció sus servicios por cincuenta dólares. Mostró la lengua, una lengua rosada, inmensa, como un molusco tibio. Mi amigo Plinio dijo que no. La negra rebajó el precio: veinticinco dólares. Mi amigo, el poeta y ensayista Plinio, volvió a decir que no. El precio bajó a veinte dólares, luego a quince, luego a diez.
_¿Diez cada uno? -pregunté ingenuo. _Diez por todos, pero no creas que lo hago por necesidad. Soy pudiente. Mi marido me dejó al morir una buena renta. _Entonces…¿por qué? _¿Pues por qué iba a ser? ¡Para gozal! ¡Porque me gustas tú, chico! Plinio sacó tres billetes de cien pesos dominicanos, el equivalente más o menos a diez dólares, y se los entregó a la morenaza. La invitó a sentarse y tomar una cerveza. La negra aceptó. _Pero después vamos… _No va a poder ser -le explicó Plinio- el joven extranjero es casado y mormón. _¿Y qué país es ese? _¡Mormón es una religión! _¿Y eso qué tiene que vel? _Pues que él no puede fornicar… _¿No puede el qué? _¡No puede templar! ¡No puede tirar! ¡No puede vacilar! Se lo prohibe su Dios... _Que Dios más mielda ese –dijo la negraza. Me levanté para ir al baño. Mucha cerveza, mucho ron. La función renal está a mil. Al volver, la morenaza se había ido. Plinio la convenció de que ninguno de los presentes tendría comercio carnal con ella. Pero de inmediato Plinio tomó el teléfono e invitó a Amira, a Yenny y a Liriz para una pequeña fiesta privada. Cuando desperté no sabía dónde estaba. Desayuné papaya y más papaya, piña colada, y agregué tres o cuatro aspirinas. Si no se tiene cuidado, el paraíso produce un fuerte dolor de cabeza.
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