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A Natalia le pasaba lo mismo que a mí. Se había convertido en un bicho, una antisocial, no quería tratar con gente con la que no tuviera nada en común. Estaba en ese plan. A mí me pasaba que no quería hablar con casi nadie, pero no me molestaba mirar el circo de los que se creen normales. Yo sí me permitía observar el freak show; para mí la vista y el oído habían sustituido casi por completo al habla. Ella ni siquiera eso; decía que la desgastaban esas tonterías. Le gustaba ir a la playa pero siempre elegía lugares alejados de madres que gritan a sus hijos, parejas que se untan mutuamente de bronceador o grupos de amigotes que juegan al fúbol. Generalmente terminábamos en parajes inhóspitos, con mucho viento en contra y un mar picado y lleno de piedras en el que no nos podíamos ni bañar.
Un atardecer, volviendo en bici de la playa, ella me dijo que me iba a presentar a un amigo muy especial. ?¡Cuando lo veas te vas a enamorar; es el chico que tiene los ojos más hermosos que vi en mi vida! Te aclaro que yo estoy enamorada de Ernesto, pero te digo que si no fuera así, no lo dejaría pasar? Tiene unos rulos buenísimos, como los del de Jesus & Mary Chain. Es un ermitaño, se lee todo. Ah, y toca el bajo?. La verdad es que había logrado intrigarme con su promesa, como una vendedora que te ofrece justo lo que precisabas pero no te habías dado cuenta; entonces no solo le comprás la pollera que te mostró al principio sino también el pantalón, la chaqueta y el short que vienen siendo un conjunto que te queda precioso. Me vendió una ilusión. Y qué ilusión. ?¡Te vas a enamorar!?. No era poca cosa.
En esos días iba a clase de armonización en el centro de Graciela Figueroa; bailaba ritmos nuevos, dejaba que mi cuerpo se expresara y sintiera la percusión. Quería volver a sentir, pero a través de mi cuerpo, de mi piel, de mis ojos, con los pies en la tierra pero sin perder el contacto con mis sueños. La consigna era purificarme. Me había envenenado de relaciones adictivas, de gente tóxica. Debía volver a lo simple, a lo infantil, a lo animal. Era eso o enloquecer. Eso o aceptar vivir en un mundo absurdo, oscuro y sin sentido que no había sido hecho para mí. Prefería pensar que todavía había una esperanza, que todavía tenía recuperación.
Natalia me pasó el teléfono de Pablo. Ella dijo que lo llamara, que estaba todo bien. Yo había leído algunos ejemplares de la revista under que él hacía. Nati colaboraba con unos poemas medio surrealistas en los que hacía collages con palabras como ?paraguas?, ?trenes?, ?lluvia?, ?beso?, ?rojo?, y la verdad es que le quedaban bien combinadas con unos fondos románticos y tristes. Después que me mostró varios ejemplares de la revista y me contó tantas historias de cada uno, debo confesar que me intrigó bastante ese chico que firmaba F.F.F. por la canción de Public Image Limited.
Pero ya me había vuelto tan muda que ni siquiera me daba para llamarlo. La abstinencia de palabras que me había autoimpuesto incluía no hacer ninguna llamada con el fin de socializar. Así que pasaron los meses y al final fue él quien llamó. F.F.F o Pablo. Me invitó a una reunión de la revista. Le dije que sí, sin dudarlo. Su voz me agradó desde el primer tono. Parecía simpático. Iba a ir a esa reunión, claro que sí. Era un poco lo que estaba buscando, cambiar de aires, conocer gente nueva con la que quizá ni siquiera hiciera falta hablar tanto para entenderse. Como no lo conocía, él me había dicho que la primera reunión lo reconocería porque iba a ir vestido de negro.
Fui a Licnobio con una carpeta llena de notas, poemas, cuentos y críticas de cine escritas por mí. Enseguida lo confundí con un pibe que estaba sentado en un rincón. Era Garo de La Trampa, que también se había vestido de negro. Después lo confundí otra vez. Se trataba de un amigo de él que era la otra cabeza de la revista, que también iba vestido de negro, pero era pelado y petiso. Sufrí unos minutos de desconcierto hasta que apareció él y todo lo que mi amiga me había dicho se ajustó perfectamente. La magia se produjo. Él me miró, yo lo miré y, no miento, fue amor a primera vista. Un cuento de hadas dark.
Mi promesa de guardar silencio, mi sacrificio, había dado resultado. Tenía frente a mí a un hombre de veras. Inteligente, curioso, original. Y, lo principal: yo había vuelto a hablar de temas que me importaban, y casi diría que los temas aparecían sobre la mesa sin esfuerzo, llevados por la fuerza del apasionamiento y no de la rutina desgastante, como suele suceder. Y lo más increíble: podía hablar libremente y todo lo que decía parecía interesante. Había feedback, entendimiento.
La cuarta vez que me llamó me invitó al cine. Fuimos a ver Todas las mañanas del mundo y él llevaba una petaca de ron dentro de su campera de cuero. Hicimos un recorrido por todos los boliches que estaban abiertos esa noche: Pupas, Licnobio, El Perro Azul, Juntacadáveres. Le hice un comentario sobre el frío que hacía. Enseguida, en un gesto cortés, me pasó el brazo por encima de mi hombro y me tomó de la mano, como si ya fuéramos esposos. No me dio un beso, sólo íbamos abrazados y con las manos tomadas. Caminábamos embriagados de amor. El lugar que pisábamos era otro Montevideo, ya no el lugar infame por el que había estado transitando desde hacía años. Juntos brillábamos y no parábamos de sonreír y mirarnos en silencio. Después de tanto buscarlo, como esas mendigas en los poemas de Pizarnik, yo había entrado al Gran Reino del Amor. La vida me había coronado con un diadema para distinguirme del resto de los mortales. Esa noche lo invité a dormir a mi casa y me sumergí entre sus brazos. Mi huelga de palabras había terminado. Pablo creía en el lenguaje de la piel. Lo que nos estaba pasando era un milagro. Ya no tendríamos que mentir.
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