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Si hay una manifestación artística que parece depender poco de la política es el circo. A diferencia de los pintores que necesitan de los museos, actores y directores que negocian con teatros e intendencias, músicos y escritores que se nuclean bajo sus derechos de autor y piden que el Estado vele por ellos, la gente de circo está siempre de paso. Llegan en caravana, montan la carpa, hacen las funciones y parten nuevamente. No tienen ninguna necesidad de negociar condiciones con el poder político.
A esta característica apolítica del circo se le suma que la formación circense fue históricamente familiar. Ser acróbata, clown o domador, significaba que uno era hijo o hija de acróbatas, clowns o domadores. En efecto, los circos clásicos pertenecen a familias que de generación en generación perpetúan la tradición. En Uruguay llegan sobre todo los circos de Brasil: hasta donde recuerdo los más conocidos son el circo ?Beto Carreiro?, que ahora está en manos del hijo del fundador, y el circo ?Bremer?, apellido de la familia venida desde Portugal.
A principio de la década del ochenta, en Canadá, más concretamente en la ciudad de Montreal, un grupo de artistas interesados en el mundo del circo comenzaron a imaginar la idea de una Escuela. Al igual que en Uruguay, la región canadiense de Quebec no tenía una tradición de familias propietarias de circo y no había oportunidad de estudiarlo teóricamente.
Como en la mayoría de los emprendimientos, el dinero no alcanzaba y había que conseguir el apoyo y los billetes del gobierno. ¿Cómo convencer a la clase política canadiense de que invirtiera dinero en una Escuela de Circo en un país que no tiene incorporada esa tradición? No tengo la menor idea de cómo lo hicieron. Pero lo lograron. En 1981 abrió sus puertas la Escuela Nacional de Circo. Tres años más tarde, en la misma ciudad, se fundó el Cirque du Soleil, y doce años después el Cirque Eloize, dos circos que hoy recorren el mundo entero.
Actualmente la Escuela no da abasto. Su completa formación y el prestigio creciente de sus egresados hacen que gente de todos los rincones del planeta sueñe y busque estudiar allí. En el año 2003 se mudaron a un nuevo edificio y nadie duda de que Canadá entró en la historia de las artes escénicas y es actor principal del llamado Nuevo Circo. Lo de ?nuevo? refiere básicamente a que no se trabaja más con animales; a una relación más directa con el mundo teatral, a intercalar la utilización del escenario en vez de la clásica pista, e incorporar el hilo argumental en medio de los números acrobáticos.
Celebran los fundadores de la Escuela y también los políticos que dieron el visto bueno al proyecto y hoy ven cómo acertaron, no sólo por lo intangible que tiene asociar Canadá con el arte, sino porque todo ello supone dinero, puestos de trabajo y nuevas ideas. Por ejemplo, en 2004 se inauguró en Montreal la ciudad de las artes de circo, TOHU, que genera 1.500 puestos de trabajo directo. Los ingresos anuales por rubro artístico en la región se calculan en millones de dólares.
Probablemente no haya ejemplo más perfecto del caso del circo en Canadá para demostrar como arte y política pueden ser complementarios y tirar para el mismo lado. Tan perfecto como imitable. Solo se necesitan artistas y políticos capaces de planificar, emprender y arriesgar.
Link: www.ecolenationaledecirque.ca
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