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El embrutecimiento de un pueblo hace nacer la inmoralidad en las clases altas, y esta inmoralidad se propaga y llega, con toda la prepotencia lograda durante su carrera, a los últimos peldaños de la jerarquía*.
Esta misma frase la utilicé en una columna del año pasado pero, en ese momento, estaba hablando sobre su autora. Hoy quiero tomarla como punto de partida para analizar un acontecimiento que seguramente sorprendió a muchos uruguayos: el llamado a concurso para dos cargos en el Palacio Legislativo. Bueno, en realidad el llamado no fue lo sorprendente. Lo verdaderamente impactante fue el sueldo que recibirá cada mes el afortunado que gane el concurso. Quiero concentrarme específicamente en uno de los cargos, porque el otro es de taquígrafo y para eso la persona debe haber tenido que realizar, por lo menos, un mínimo curso de secretariado y haberse aprendido bien de bien todos los simbolitos y tener gran velocidad, etc.
El puesto del que me interesa hablar consiste en ser una especie de empleada doméstica del Palacio Legislativo, por el cual el ganador recibirá un sueldo de veintiocho mil pesos por mes. Sí, lo que leyeron: veintiocho mil pesos por mes. Sesenta mil personas se inscribieron para este concurso. Probablemente muchas sean profesionales y a la hora de la justificación por no haber ganado les digan: ?Mirá, lo que pasa es que estás sobrecalificado para este cargo?.
Pero lo más triste del asunto no es eso, sino que la mayoría de los uruguayos nos sorprendimos por el monto del sueldo, cuando en realidad ese sueldo debería ser, por lo menos, el ingreso promedio que tendríamos que recibir todos los que habitamos este país.
No puede dejar de sorprendernos que un maestro, persona que prepara a los llamados ?hombres y mujeres del futuro?, constructores clave de nuestra sociedad, gane apenas siete mil pesos por mes. ¡Qué ganas va a tener ese maestro de trasmitir a sus alumnos valores dignos, cuando en su casa tiene que hacer malabares para poder darles a sus hijos el almuerzo de todos los días! Y lo peor es que nos acostumbramos a que así sea. Y cuando vemos en el informativo a alguien que asesinó a otra persona para robarle mil pesos, queremos que la policía lo mate, y nos quejamos por la violencia y por la inseguridad y no nos movilizamos para que la raíz del problema mejore.
Y la raíz del problema está en una educación que, lamentablemente, sigue siendo un debe en Uruguay.
* Flora Tristán
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