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Vaya uno a saber por qué, pero la fijación de la cultura uruguaya con la playa tiene una tradición importante. En la década del 60, en el boom editorial generado por leyes flexibles para la importación de papel, muchas de las historias que se contaban transcurrían en la languidez de las casas de afuera. Se le dio en llamar literatura de balneario al perceptible fenómeno que refería además al lugar donde se podían leer esas novelas, como sinónimo de pasatistas.
Mario Benedetti acuñó ese término. Eso no intimidó a autores como Sylvia Lago, Jorge Musto, Hiber Conteris, Claudio Trobo o Alberto Paganini, que pusieron a sus personajes recorriendo médanos mientras hablaban del amor y de sus complicaciones. Todo en un ambiente muy nouvelle vague, que era lo que se solía llevar en esa época, aunque posiblemente el balneario representara una opción no demasiado popular, al que solo un sector de clase media accedía. Un paraíso pequeñoburgués, ahí nomás, por Avenida Italia hacia el este.
No es la intención explicar en estas líneas un fenómeno literario tan arenoso, más que nada porque esta es una columna de cine. Como nexo con el tema que nos ocupa, Ferruccio Mussitelli, en esa misma década, consiguió una de las mejores películas del cine local a partir de una crónica documental de un día en Pocitos. Se llamó La ciudad en la playa.
La brevísima filmografía uruguaya de balneario está llena de momentos playeros, cuando no se centran directamente en vivir en la costa. Ya en una de las primeras películas del nuevo cine uruguayo, Tahití, de Pablo Dotta que en El dirigible pondría policía montada cabalgando en las arenas de playa Ramírez, la imagen de la desolación consistía en un trolley encallado en una playa. Dotta fue quien volvió a llevar la cultura uruguaya a la costa, después de los intentos sesentistas.
Desde entonces, el cine playero uruguayo ha tenido un despliegue importante de títulos, lo que quizás hable de que este es un país recostado contra un mar y de que escaparse al balneario sigue teniendo efectos mágicos que la urbe montevideana no puede aportar. La perrera, ópera prima de Manuel Nieto, concibe un pueblo costero como un espacio hermético, viril y, por lo tanto, casi salvaje. El refugio indispensable para que un adolescente sortee su rito de iniciación antes de integrarse al mundo adulto. Algo de eso hay en ese ejercicio de improvisación actoral (y muy poco más) que resultó ser Joya, dirigida por Gabriel Bossio: la pareja de jóvenes intenta reconstruirse aislándose cerca de la playa y el tipo fumando mucho porro, algo que no sucedía en la literatura de balneario, eso sí que es más que seguro. En Joya y La perrera -esta última, muy recomendable película- el escenario funciona como un elemento sanador.
Pero los balnearios también pueden recordarnos en qué nos hemos convertido, lo que no sé si es tan bueno. Uno de los mejores momentos del cine uruguayo es cuando el trío protagónico de Whisky, de la dupla Stoll-Rebella, camina por una Piriápolis fantasmagórica que parece anclada en un país que supo ser. La playa es un reflejo de la melancolía de unos personajes ganados por el silencio y por las verdades dichas a media. El balneario en invierno es el símbolo mismo de la decadencia, pero a su vez ?en el cigarro compartido en la escalinata de la playa? ofrece la posibilidad de mostrar aquella mejor cara que creímos olvidar. De Whisky se podría hablar horas.
Para los personajes de Un viaje hacia el mar, de Guillermo Casanova, representa la fantasía última: la playa es la última frontera de un grupo de estereotipos del interior uruguayo sacados de Morosoli. En este caso llegar a la orilla es subyugarse ante una inmensidad de cabotaje pero que representa una suerte de epifanía en los personajes. El mar termina siendo marrón y bastante pobretón, aunque no queda claro si es una ironía del guión o poca solidaridad de la naturaleza el día del rodaje? cosas que pasan.
A pesar de ser un balneario tan internacional, Punta del Este tiene una participación bastante limitada en el cine uruguayo. La memoria es traicionera ?pero para eso estarán los comments de la versión digital de esta pieza? pero, a no ser por el encuentro cumbre de Osvaldo Laport y Diego del Grossi en Maldita cocaína, de Pablo Rodríguez, Punta no parece tener el romanticismo necesario para ser locación. Matar a todos, thriller político de Esteban Schroeder, transcurre en la Costa de Oro porque el chileno Berríos fue a dar ahí y no por ninguna explicación ulterior.
En las películas uruguayas hay mucha playa, muchos periodistas y pocos personajes gays. Pero eso podría ser motivo de alguna otra nota. Esta termina acá.
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