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Mientras todos los cuentos de mi infancia hablaban de un príncipe azul que llegaría a mi vida y me haría feliz para siempre, solo uno hablaba del flautista. Lejos de mi niñez comprendí el verdadero mensaje de ese único cuento, al punto que hoy puedo afirmar que es mucho más probable que a cada mujer le toque cruzarse con más de un flautista que hallar un solo príncipe que valga la pena.
Podría decirse de él que es un sabio titiritero, un perfecto manipulador. No te conquista tocando la guitarra ni hablando. No filosofa ni diserta sobre ningún tema especial. Él simplemente es la mezcla perfecta del flautista de Hamelin y Don Juan de Marco. Se presenta siempre con un vaso en la mano y un cigarro en la boca, y es ?tomarlo o dejarlo?, así como viene. Él no te llama por tu nombre porque así evita correr el riesgo de confundirse con el de alguna otra. Él es insensible y descorazonado. Es el producto de una mujer que si bien decidió seguir su vida sin él, no lo sacó del todo de su camino, entonces siempre vuelve a buscarlo y de ese modo le hace creer y pensar que es irremplazable y el mejor hombre del mundo. Todas las que vinieron después solo saben decirle que ?sí? y entonces lo malacostumbran, y de algún modo también contribuyen a alimentar su ego y hacen crecer al monstruo.
Pero monstruo o no, a mí me conmovió su sinceridad, su honestidad, su risa de Daniel, el travieso y esa sensación que me transmitía de ser un niño pequeño y abandonado; me gustaba el ser vulnerable y sincero que cuando estaba a solas no usaba caretas ni recurría a personajes gastados. No nos unía el amor porque desde el primer momento él aclaró cómo serían las cosas y construyó una pared para que no pasaran los sentimientos, al punto de confesarme, mientras me tenía en su cama, que solamente quería a una única mujer en el mundo y que con ella compartiría el resto de su vida ?obviamente, esa mujer no era yo-. Tampoco nos unía el sexo, no solo porque a él no le gustaba practicarlo tanto como a mí, sino porque además nos faltó tiempo para explorarnos y perfeccionarnos.
Y entonces lo supe: él es como un imán de mujeres, posee un encanto único que le permite hacer que todos los seres vivos lo sigan. A consecuencia de ese ?don? atrae hacia sí a todas las mujeres que se propone tener y que se le cruzan delante de los ojos.
Eso le ha permitido, a su corta edad y en un breve tiempo, conformar un harén envidiable. Yo supe integrar su harén. Fui una presa más atrapada en la red de su encanto mágico e indescriptible, pero decidí salirme a tiempo y cual salmón nadar contra la corriente antes de que fuera demasiado tarde. No sé si estoy a salvo, pero reconociendo que fui una más siento que doy el primer paso para rehabilitarme.
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