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El menudo pasado que elaboro va perdiéndose, sin registro.
Quiero decir, no los hechos complejos que se grabarán indeleblemente, evolucionando de diversas maneras con el paso del tiempo, y arrojando sucesivas imágenes totales que, yuxtapuestas, harán el collage de lo que habré sido y la condición de lo que habré de ser; no esas madejas de recuerdos que, acumulándose, hilarán el relato de mi envejecimiento; eso no, sino unidades mínimas de recuerdo, esa lábil memoria que come diariamente el olvido. Quiero decir, no tu enojo de anoche, distinto a otros, tal vez -por fin- abandono; pero sí tu portazo y la vibración de las cosas.
He estado pensado en esto últimamente, en la posibilidad de llevar un diario y anoche haber escrito, por ejemplo, que Cecilia y yo discutimos (sí, un silencio, el mío, increpado por un dolor violento, el tuyo, también se llama discutir) y que ella puntuó la exteriorización verbal de su enojo con un portazo rotundo que dejó vibrando cada objeto vibrátil depositado en cada uno de los muebles de la habitación. Esto es lo que no quiero perder, lo que me propongo escribir: tu blusa roja, mis uñas crecidas, el hecho sin importancia de que había llovido.
No hay, en la habitación, nada de luz; y pienso, con los ojos bien cerrados, haciendo fuerza, y llenos de fosfenos, pienso en tus razones y en mi incomprensión y en algún tipo de viceversa que me permita pensar -aflojando un poco los párpados- que vos también calibrás tu incomprensión y mis razones. Otra cosa para anotar, si lo hago, esta oscuridad. Anotar esta hambre que siento, el número de la rotisería que llamaré, el relleno de las empanadas, esas cosas; anotar el hambre con esta simultánea ausencia de ganas de comer, de masticar, de tragar y volver a morder, de masticar, de tragar.
Anotar que estoy anotando eso con una birome de tinta negra, de capuchón mordido, con letra ?como se ve? imprenta minúscula que trata de ser prolija sin conseguirlo del todo, tal vez debido a la incomodidad del brazo cuya mano toma la birome, y cuyo codo, a su vez, hundiendo un poco el colchón, sostiene el torso semierguido en la cama, recibiendo su peso, tensionando por eso la mano, que hace, por momentos, imprecisa la letra.
Camino sin fin, pero cerrado, el de anotar cada cosa, cada cosa, cada cosa, así hasta que el eventual diario termine en una implosión. Habrá que elegir, si lo hago, algunas pocas cosas, esas unidades mínimas que estoy perdiendo, de memoria irrecuperable, que hagan el tejido primordial del día nimio, lo que permite la emergencia, súbita o anunciada, de hechos como tu enojo, que dura, que es distinto a otros, que será ?por fin? ruptura.
He fracasado, esta primera semana, en la forma y los alcances del diario. Hoy, domingo, solo escribí, en broma, esta irrelevante recomendación: ?Nunca encabezar con querido diario, te cuento que hoy, etcétera?.
Hubo, el lunes, un llamado telefónico que respondió el contestador, al que nadie respondió, no quedando grabado ningún mensaje verbal, solo la huella sonora de quien quiso, en un principio, comunicarse, los rápidos choques sucesivos de las partes plásticas de un teléfono que es colgado; hubo, hacia la noche, otro llamado, otro contestador, y mi voz grabándose en él, diciendo, entre otras varias -aunque no muchas- meditadas -aunque viscerales- palabras, la palabra Cecilia.
Hubo, el martes, un momento prolongado, en la habitación, en el edificio, de casi absoluto silencio nocturno; hubo, periódicamente, la interrupción de ese silencio por mis estornudos y por el ruido leve, terminada la lectura de dos páginas contiguas, de una hoja que es dada vuelta para acceder a otras dos páginas contiguas; hubo, en ese silencio, en la lectura cobijada por él, un momento, sin mensura, de menuda dicha.
Hubo, el miércoles, de madrugada, la interrupción del sueño por unos bocinazos insistentes atribuibles no sé si a la realidad de la calle o a la realidad del sueño, que era veloz pesadilla; hubo, luego, la extensión del insomnio hasta el alba; hubo, a media mañana, unas líneas de fiebre en mi cuerpo y dolores crecientes en mi garganta y mi cabeza; hubo reposo y aspirinas y la suspensión de las actividades del día.
Hubo, el jueves, la continuación del reposo más por desgano que por malestar; hubo, cayendo la noche, un corte de luz que dejó en penumbras toda la extensión de ciudad que, desde el balcón, alcanzaba a ver; hubo, en la última fracción imaginable del último segundo del día, el fin de otro marzo y el comienzo de otro abril. Hubo, el viernes, bien temprano, el ruido súbito del motor de la heladera recomenzando a funcionar, anunciando el fin del prolongado corte de luz; hubo, en el cartero del edificio, un sobre para mi número de puerta pero no para mí, destinado a una tal Cecilia que, a juzgar por esa correspondencia, hubo de vivir también allí; hubo la intriga y las ganas de abrir el sobre.
Hubo, el sábado, la contratación, por parte de la destinataria de la carta, de un flete que, cargando todo lo que podía cargar su caja cerrada por un toldo verde, dejó múltiples vacíos distintos en los muebles, en las habitaciones, en las calles, en la ciudad, en el mundo, en lo que llamamos universo; hubo, también múltiples y distintos, luego de un llanto convulso, prolongado e inútil, otros vacíos en mis manos, en mi pecho, en mi pija, en mis ojos, en mi lengua, en todo lo que, con un exceso de confianza o de irresponsabilidad, se puede agrupar y nombrar con mi nombre.
Ozono 1 Marcelo Silveira (1982) escribe poco: doce o trece poemas y un puñadito de cuentos es todo lo que no se llevó la última inundación. Es el primer invitado en Ozono, espacio de ficción para escritores jóvenes. Los textos están vinculados de algún modo -con cierta flexibilidad- con el mes en el que son publicados. Asesoría meteorológica: Pablo Trochon (ozono@freeway.com.uy).
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