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En La República, libro donde describe la ciudad ideal, Platón decide echar a los poetas. Reconoce su admiración hacia ellos, hasta les coloca solemnemente unas coronas antes de expulsarlos alegando que confunden a los ciudadanos, sobre todo a niños y jóvenes. Por poetas entiende a todos los artistas de todas las artes, aquellos que se encargan de representar, mediante un texto, una pintura, escultura, canción o actuación una parte de la realidad.
El peligro de que la representación deforme lo representado es lo que pone nervioso a Platón. En su Estado ideal, un rey filósofo gobernaría los destinos de la comunidad sin fábulas que distorsionaran lo real. Parte del argumento de Platón sigue hoy vigente a través de horarios de protección al menor en televisión y anuncios de restricciones de edad en teatros y cines. Por detrás de estas medidas está la convicción de que ciertas manifestaciones artísticas pueden ser peligrosas para la formación de los ciudadanos.
El arte puede tornar difusa la frontera entre lo real y la ficción, y Platón quiso evitar esa confusión optando por una república sin artistas. Sirva este ejemplo para introducirnos en la relación entre el arte y la política, sobre la que daremos vueltas este año.
¿Cuáles son los elementos políticos que requiere el arte? ¿Cuáles son los elementos artísticos que requiere la política? ¿Tiene que rendir cuentas políticas un artista? ¿Es el político un actor que nos confunde con su personaje? Estas preguntas son enormes y difícilmente puedan responderse de una vez. Lo que haremos, número a número, será simplemente materializarlas en algún caso concreto que muestre puentes y muros entre arte y política.
Asistí hace poco a una apasionante discusión entre dos personas sobre Barack Obama. Una de ellas se alegraba de que por fin un político encarne al arte de la retórica en su sentido más genuino. ?Escuchás sus discursos y te emocionás, es notable cómo dice las cosas y creemos en sus palabras?, decía. La otra, furibunda, alegaba que el mal de la política es justamente ese: pensar que los políticos están para dar esperanza, sentido y comprensión al mundo. ?Los políticos tienen que hacer bien su tarea, que es la de organizar un país. El sentido y la emoción dejalos para el arte. Cada vez que en política alguien quiere explicar los valores de la vida termina siendo peligroso?. El debate terminó con un brindis, pero sin acuerdo.
Recuerdo las aguas divididas cuando Manu Chao hizo un encendido discurso en Montevideo a favor de la ocupación universitaria que se llevaba a cabo en el año 2001. A la salida, algunos comentaron lo innecesario de que un artista venga y se meta en asuntos de política sin tener la menor idea de los presupuestos universitarios, ni de cuántos de los que ocupan la universidad son después los que la administran de modo injusto. ?Los artistas que hagan arte y no utilicen su espacio para hablar de cosas de las que no tienen idea?, era el lema de esta postura.
Arte y política comparten un aspecto crucial: acontecen en el Espacio Público. Los artistas salen de sus casas a mostrar su obra: necesitan teatros, museos, garages abandonados, disquerías, plazas donde instalar, exponer o montar sus creaciones. Y en esta tarea, la política, en forma de permisos, subvenciones, incentivos, exoneraciones, organización de festivales, etcétera, aparece de forma inevitable.
El arte necesita espacio para mostrarse y ese espacio se lo da la política, que necesita a su vez del arte para brindar a los ciudadanos una necesidad antropológica clave: la salida y/o la reflexión por un instante de la realidad. Que esto es una necesidad humana se comprueba cuando personas de escasos recursos invierten un poco de su poco dinero en poner sobre una pared descascarada un cuadrito de dos niños jugando, y sobre la mesa un gatito chino de plástico que mueve la mano saludando a los visitantes de una casa con ventanas de nylon.
Desde el punto de vista teórico cada ser humano necesita del arte del mismo modo que cada grupo humano necesita de la política. Desde el punto de vista práctico ambas necesidades están mezcladas; a veces se fusionan complementándose y a veces se enfrentan como el agua y el aceite. En el próximo número veremos un ejemplo de buen funcionamiento. Sucedió en Canadá y tiene que ver con el circo.
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