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Se sube las solapas del sobretodo hasta que en combinación con el gorro de lana le tapan las orejas. Las veredas de la rambla están desiertas, la noche helada. Sus amigos haciendo puerta en algún baile de club de sábado a la noche. Los autos pasando rápido, calentitos y divertidos, adentro. Él jugando a Pinky levanta la cerveza y se echa un trago largo y contundente sacudido por los pasos inseguros. Y la llovizna aparece como la música perfecta para la película en la que es el actor, así que grita una buena puteada al aire justo detrás del motor de un Ford Escort que pasa rapidísimo con los vidrios oscuros y mojados.
Apoya su culo cubierto por el sobretodo grueso sobre el muro mojado y por supuesto que llora. Se frota los ojos, la imagen es sorprendentemente hermosa. Las luces de los autos parecen de caleidoscopio. Esta imagen lo pone contento y ahora la soledad está muy bien.
Se acaba el litro de Patricia y dejando el envase detrás del murete camina tambaleando hasta el bar que conoce donde no le conocen. Mientras espera la muzzarella bebe el tercer litro de cerveza mirando su imagen inconclusa en el reflejo del ventanal. Disimuladamente gusta de su apariencia de borracho triste y joven. Tiene diecinueve años y desea una novia para dejar de ser virgen y reafirma que será haciendo el amor en lugar de cogiendo cómo sucederá. Sabe que va a ser así. Así lo eligió hace unos años, a pesar de que sus amigos opinan que está loco (la edad en que la vida pide cuero), pero prefiere seguir disfrutando de su drama alcohólico. Lo que no sabe es que esto sucederá tres años más adelante y luego aprenderá que a veces tres años son un montón y otras un suspiro, pero ahora siente cómo baja el queso derretido del último pedazo de pizza con las burbujas amarillas del trago gigante del final de cerveza.
El cerebro se sacude en cada golpetazo que sube desde los talones. La vista clavada en la vereda se distorsiona con la nueva llovizna. Las calles del barrio hermosas de silencio y las sombras de árboles que dibuja el mercurio, hacen que se dé cuenta cada tanto de la belleza de la noche. El frío que silba en las solapas del sobretodo, el castañear de los dientes, y esa vereda que no pasa mientras camina apretado con la pregunta de para qué mierda quiero vivir esto si después va a ser nada.
Vomita toda la muzzarella, el orégano y la cerveza en el centro del water como un caballero que ya no es potro, y logra no despertar a nadie de su familia. Su hermano menor con el que comparte el cuarto duerme profundamente; sueña, el pendejo.
Mira el techo que tiene el doble de rendijas de persiana, y se están moviendo, flameando, entonces enfoca la vista para detenerlas sabiendo que la calma aparece al comprender que solamente está borracho una vez más.
(*) canción de Pink Floyd
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