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Me alegra saber que no estoy sola. Tal vez sea la primera que se anime a gritarlo a viva voz, pero sé que no soy la única. Es hora de que el mundo lo sepa: ¡yo también tengo mi consolador de soledades! Es de carne y hueso, pero a esta altura dudo como también lo dudo de mí misma- que siga siendo humano. A veces pienso en abandonarlo, como para rehabilitarme. Y más o menos eso fue lo que me pasó hace un año, cuando conocí al chico con el cual estuve saliendo hasta hace unos días. Él era casi perfecto para mí. Por su vida y su forma de ser no me importó que no tuviera ninguno de los rasgos que siempre me han llamado la atención en los hombres. Nada me importó y sin embargo vi un futuro entre nosotros, sentí que esta vez sí resultaría y que sería para siempre.
Me aferré con fuerza a esa oportunidad que se me presentó. Quise sujetarlo y no dejarlo ir jamás. Tan segura estaba que esto resultaría que no dudé cuando elegí tomarme vacaciones. Pero claro, esos días lejos de mí le concedieron el espacio suficiente para que respirara y se fuera, tal como lo han hecho todos los hombres en mi vida.
A la vuelta de mi viaje esperaba su recibimiento afectuoso y sin embargo lo oí decir: ?esto no funciona más. No sos vos, soy yo. A partir de ahora vamos a ser solo amigos?. Yo quería escuchar que había otra, que yo no le gustaba ni le interesaba más, pero él no dijo nada de eso. Le mandé mensajes de texto. Lo llamé las veinticuatro horas de cada día al celular y a la casa. Lo busqué en el msn. Recuerdo que la vez que pude hablarle le pedí lo único que quería: una despedida. Él se opuso, se resistió, se negó, pero me presenté en su casa y entonces me dijo que fuera derecho a la habitación. Estuvimos juntos y yo quise permanecer a su lado, como antes. Pero entonces me pidió que me fuera.
Y yo, ya sin orgullo, sin vergüenza, sin pena de mí misma, me fui? pero volví a llamarlo. Le dije que aceptaba la distancia solo si sabía que estaríamos ahí cuando alguno de los dos quisiera acostarse con el otro. Él me dijo que de ninguna manera y fue como si la tierra se lo tragara para siempre. Ante la falta de pruebas de la existencia de una tercera persona comencé a pensar que solamente un gay rechaza a una mujer que se le regala. Llamé a todos los novios de amigas y a todos mis amigos ?hombres que ahora son tales porque en algún momento me oficiaron de consoladores- para preguntarles si efectivamente era así, si era normal rechazar a una mujer que solo quería sexo y por suerte ellos dijeron lo que yo quería oír. Mientras tanto me autoengaño pensando que soy irresistible y disfrazo mi falta de afectos con ese que siempre está y que no me da soluciones, que no me cura, pero que cuenta con una gran virtud: como no es dulce, me quita la sed.
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