|
En las últimas semanas se estrenaron dos películas uruguayas, ambas sobre la dictadura, ambas dirigidas por personas no exactamente confiables en cuanto a su talento: Esteban Schroeder y Beatriz Flores Silva. Las expectativas fueron cumplidas. Son dos películas realmente malas.
La primera en ser exhibida fue Matar a todos, el segundo opus de Schroeder luego de El viñedo. Es un film sin ningún tipo de sustancia narrativa. Es decir, la película nunca logra despegar del punto de inicio, que sería la investigación por parte de una fiscal -que fue torturada durante la dictadura, y se salvó por la intervención de su padre militar- sobre los aspectos oscuros del caso Berríos. Lo que podría ser un arranque interesante es constantemente mellado por una puesta en escena chata y esquemática, con un montaje en el cual un plano nunca se superpone a otro, salvo cuando, de la nada, al montajista se le ocurre hacer cortes nouvelle-vague que no tienen que ver con nada, de la misma forma que se sobreponen ridículos sonidos de perros para crear tensión en una escena que al final termina... en nada. Matar a todos incluye a uno de los personajes más inútiles en la historia del cine -el personaje de Darío Grandinetti no viene a cuento de nada-, una ridícula escena con una señora chilena que repite constantemente que no está demente mientras el director decide enfocar la cámara en sus labios paspados, y una organización militar que parece sacada del Dr.Mabuse de Fritz Lang. Comparada con Polvo nuestro que estas en los cielos, la nueva de Betty Flower (es cariñoso), Matar a todos es poco menos que El ciudadano. Al contrario de Schroeder, Betty no aprendió nada de cine en toda su carrera, que acumula tres largometrajes, cada uno peor que el anterior. Lo que en Pepita, la pistolera podía ser frescura y desenfado, cuando en realidad era descuido estético y mal concepto del grotesco, quince años después su "estilo" muta en solemnidad y gusto no voluntario por el ridículo. En Polvo nuestro se ofrece algo así como una sucesión de escenas sin mucho nexo; humor que no es humor, sino simplemente gente grande diciendo palabrotas (me encantan las palabrotas, pero como único recurso humorístico me hacen acordar al peor de los peores cines... el argentino); un all-star-cast de actores uruguayos en pleno ataque de sobreactuación, que interpretan personajes que saben absolutamente todo el futuro de la nación -y no tienen ningún tapujo en contarlo-. Todo en un plan melodramático que no alcanza ningún tipo de cumbre emotiva, sino simplemente estupidez. La directora la define como un film polémico, combativo y artístico. No es ninguna de las tres cosas. No es polémico poner chistecitos pseudo-progre y que van de la mano con el discurso más oficialista. No es combativo hacer una super-producción encadenándose a embajadas. Y, definitivamente, no es artístico filmar una película como si fuera un spot publicitario de 1998.
LEJOS DEL HOLOCAUSTO Una cosa que comparten estos dos films -aparte de ser uruguayos y ser malos- es un error (u horror) que podríamos llamar El Síndrome Pobrecito el Militar. No es que sean películas a favor de los militares -más bien lo contrario-, sino que caen en la tontería de presentarlos como personas a las cuales el autoritarismo y la violencia les vienen como si fuera un vulgar ataque de tos. Como si fuera una especie de enfermedad o virus; como si estuvieran dementes. Lo realmente escalofriante de todas las aberraciones de la dictadura es que justamente fueron ejecutadas como un trabajo más. No hubo conciencia del daño hecho, pero no porque los militares fueran señores enfermos como nos quieren hacer pensar sino porque estaban ejecutando órdenes. Eran humanos y estaban terminando de hacer un trabajo. Lo cual es mucho más perturbador, porque marca la pauta de que cualquiera pudo haber hecho esto, y que el lugar donde ocurre un holocausto no es mucho más diferente que el de una oficina. Algo que no es nuevo, como ya lo expuso bastante claramente Hanna Arendt en sus teorías sobre la banalidad del mal, o incluso en la bastante defectuosa película de Marco Bechis, Garage Olimpo.
NI OLVIDO NI PERDÓN Al ser ambas películas uruguayas, es de estilo y corrección ser ?perdonavidas?. Es decir, habría que darles para adelante simplemente porque son nacionales y comprometidas. Si nos ponemos estrictos, lejos están de serlo -lo de comprometidas-, pero eso, a la vista general, poco parece importar. Lo que es peor, si entramos en este falso dilema ?perdonavidas?, nos damos cuenta que este mecanismo de dar para adelante no ha funcionado en films, que aún no siendo perfectos, son bastante más interesantes y profundos. Muy pocos vieron La espera, de Aldo Garay, un film turbio, sórdido y tristísimo, y aquellos que lo hicieron le reprocharon su insistencia en ?la grisura nacional? (como si todo tuviera que ser un afiche de La Abuela Coca; sólo de pensarlo me dan deseos de vomitar). A La perrera, de Manuel Nieto, le recriminaron su retrato de los marginales y su visión de una juventud ?abúlica?. Y, si no fuera por los premios que recibió en el extranjero, a Whisky de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll le hubiera corrido una suerte aún peor, aunque tuvo que aguantar insultos por su supuesto ritmo lento, su juego de repeticiones y su -nuevamente- énfasis en la ?grisura?. Justamente se trata de tres películas bastante amargas y con finales abiertos. Lo cual no tiene nada que ver con los finales de Matar a todos y de Polvo nuestro. En ambas, todo cierra de una forma extremadamente tranquilizadora: los militares son enfermitos que van a perder todo, y la gente buena tiene niños y se salva de un infierno. Hay buenas películas en el cine uruguayo. Son pocas, es verdad, pero afirmar que cualquiera de estas dos es buena no sólo es falso, sino que también es irresponsable. Porque al mentir vamos a tener que seguir aguantando engendros condescendientes que nunca debieron haber sido producidos.
|
|
|
|
|
|