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Primera noche en el ultra
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Llama El Ruso. Dice que inaugura bar en Buenos Aires. Dice que vaya a la fiesta de inauguración del Ultra, que vuelva a mi ciudad, que reconozca a mis amigos. ¡Que no sea puto!, exagera. Le digo no te pongas tan sentimental, tan maricón –él, en todo caso-, que voy. Pero con una condición: que haga una performance mi amiga María. La misma que conocí en una pocilga afrancesada en Munich. ¿Está buena?, dice, siempre igual El Ruso. Sí, claro, pero mirá que a la piba le va bien en NYC y además… Me interrumpe: tá, tá, no sigas, que venga.
No se puede trotar el mundo todo el año. Ok, Buenos Aires, allá voy. Llego con tiempo porque parece que la ciudad explota: festivales alocados, muestras modernas, teatro gratis al por mayor, calles rotas, protestas, violencia (en la tele), re-estatizaciones graciosas. La ciudad de siempre, el país de siempre. Me invitan a 358 eventos diferentes. Camino la ciudad, llego adonde puedo. Al Personal Fest hay que llegar temprano. Tocan los !!! (1). Los pibes están de vuelta de todo. Se enciende fuego el escenario. Es la auténtica revancha de los nerds. Post, post todo, estos pibes se divierten. Los que estamos abajo también. Luego toca Jesus & Mary Chain, y bueno, son como los Ramones pero haciendo noise. Mejor me voy.
Recorro días y barrios.
Llego al Malba. Hay una muestra de un cubano cuyo nombre no recuerdo. El café es más caro que en Europa. El aire acondicionado funciona. Me tomo un helado en Volta y sí, son los más ricos del universo. Como la pizza y la bondiola argentina. Estaríamos en el mejor país del mundo si tan sólo tuviéramos chivito y masticable. Todo no se puede.
En eso llama El Ruso. Dice que inaugura el Bar. ¿Cuándo es?, pregunto. El miércoles, boludo. Silencio. ¡Pero toca la Fernández Fierro! El Ruso las tiene todas: los pibes vienen a la inauguración y después se van a tocar. Entonces digo que voy. Ah, bueno, dale, paso.
El asunto empieza temprano. El Ruso está obsesionado con las festicholas europeas y quiere que todo sea primavera, para poder divertirte y charlar y cocotear y volcar y al otro día ir a trabajar. Entonces llego temprano. El lugar es rústico y cálido. Techos altos y llenos de recovecos donde esconderse a jugar. Hay escenario, luces, unos intrigantes muñecos envueltos en luces blancas de Navidad y una instalación de televisores antiguos haciendo ruido blanco que de ochentona pasa por sesentona. El lugar parece vivo. Hay un Club del Silencio en el sótano. Comienzan a llegar los invitados. Diversas figuras del mundo de la cultura se suceden. Hay editores, de libros, de periódicos, de revistas, de discos, de videos. Actores, músicos, escritores. Artistas, investigadores, jornaleros, docentes. También hay empresarios, de diversa calaña, pero todos culturalmente correctos. Hay civiles también. Se sucede infinita bondad. Cerveza gratis. Y pizza. Finita pero rica. No faltan los discotequeros famosos y sus ninfas. Publicistas y diseñadores. Gentiles y donantes.
Por supuesto que hay famosos. ¿Cristian Aldana es famoso? ¿Birabent es famoso? ¿Alejandro Ferreiro es famoso? Digamos que se ve por todos lados a gente conocida. La cerveza corre, ya dije. La música corre; moderna, anacrónica, elegante. Pablo Krantz canta en francés, cordial. Se suceden secuencias borroneadas por el enchastre etílico. Célebre conductor de radio nos presenta a la que asegura que será la futura estrella pop mientras trata de morder su cuello. Dos chicas lindas me dicen que dijeron que venían por Facebook y no sé de qué me hablan. Una cámara toma al ministro de la Fernández Fierro de riguroso perfil, rock star del glamour. Productoras preciosas buscan refugio a sus destellos. Conocido actor picaflor dona ruegos en las sombras. Meseras reparten gajos de naranja. Célebre editor de libros preciosistas pide un Keith Richards, invención de Coco para la carta. En la barra, acodado, bien acompañado, un artista plástico devenido postelero pastelero fuma fino habano sonriente. Oscar de Roho, peluquero estrella de las estrellas, baila arriba de las mesas, de las sillas, de las escaleras, de los zócalos. Lleva la delantera y empuja el jolgorio. Una alegría ajena invade la sala, todos somos felices, no sabemos por qué, algo está flotando. Se oye un estruendo. Es María que se deshace en desencuentros.
Las luces se vuelven deformes, inconstantes. Un poeta le pregunta a un músico cómo es ser famoso. El músico se ríe y le dice que está en Argentina, que no sea pelotudo. Acodado en la barra del Club del Silencio, totalmente solo, un finalista de reality show se pregunta cosas reales y no sabe qué contestarse. Periodistas esbozan teorías sobre el futuro cultural de la ciudad, impávidos. Jefes de arte y escritores sagaces se cuelan en el depósito de bebidas y curiosamente respetan al templo. La luz y la música se funden en los pocos cuerpos que van quedando. Alguna pareja se besa bajo la escalera. Las luces no se encienden pero la música va perdiendo pulso. Son casi las dos. El Ruso dice que vayamos a casa, que hay que descansar… Habrá que hacerle caso; mañana hay que trabajar… por lo menos un poco.
(1) Nota del Editor: se pronuncia chk chk chk
(*) desde París
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