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Me llama Sonja. Está armando una Milonga y dice que vaya a pasar unos disquitos de tango electrónico. Eso ya fue, le comento. Pero acá no, nene. Y aunque le diga que no llego con la guita y que Munich queda en la loma del orto, me convence fácilmente. Mirá que está la fiesta de la cerveza y podés parar en casa?Sonja sabe que las fiestas populares son mi debilidad.
En Munich vive la misma cantidad de gente que en Montevideo. Un millón y pico. Están las centrales mundiales de Mercedes Benz, BMW y Bayer, entre otras empresitas. La ciudad mueve más dinero que Argentina, Uruguay, Chile y Paraguay juntos. Me tomé el trabajo de averiguar esto, no sé para qué. Es igual de cheto que Copenhagen, pero hay vida cultural y mucha elegancia.
Llego a Munich al mediodía de un jueves, en un Audi, a trescientos kilómetros por hora. No hay peligro. Los ingenieros del Tercer Reich hicieron las autopistas para ir a mil y que los autos no vibren. El viaje desde Berlín lo hago en compañía de un palestino -que maneja un inglés fluido y conduce algo rápido-, un negro chanta de dos metros, y una preciosa odontóloga de mármol, bien alemana. Ni los conocía. Arreglamos el trip por Internet, por mitrfahrzentrale.de. Veinticinco euros por cabeza para la nafta. Viajamos. Charlamos. Hasta hacer dedo en Alemania es fácil, seguro, barato y ordenado.
Jueves de museos. Sí, soy así de esnob. Los tres principales están juntos, en un gran parque. El de arte antiguo y el del siglo veinte están muy bien. Pero el de arte contemporáneo, hecho hace un par de décadas, es sencillamente increíble. Están todos los objetos de diseño y tecnología interesantes del último siglo. Desde una radio portátil de principios de siglo hasta el nuevo i-phone (sí, el curador del museo ya lo puso). También hay increíbles planchas, sillones, perchas, un BMW de los 60, lápices de labios. Todos los objetos más funcionales y elegantes del siglo veinte en un edificio precioso y funcional.
Es viernes y esa noche toco en la milonga de Sonja; pero antes, a la Fiesta de la Cerveza. Desde que llegué a Munich no paro de ver a montones de morrudos alemanes vestidos de campesinos tiroleses y a muchachas mostrando sus generosos escotes de ordeñadoras de cabras. El predio de la fiesta es como la Rural de Buenos Aires. Juegos mecánicos. Trenes fantasmas. Laberintos de espejos. Hamacas gigantes. Pero en este se agregan energúmenos pegando martillazos y grandotes vestidos de niños corriendo por todos los rincones. Puestos de comidas. Cerdos y pescados deliciosos. Salchichas, claro. Y cerveza, por supuesto.
Todos los alemanes y los turistas alemanes y los turistas de todo el mundo con un vaso de un litro de cerveza en la mano. Es el Ital Park repleto de borrachos en pantalón cortito. Salones inmensos en los que la gente bebe hectolitros de cerveza de a litro, en vaso de plástico. Las bandas de los salones tocan mal pero con tanta actitud que parecen refrescos punks. Unos italianos me abrazan y me gritan ?¡Primo Luigi!? y me hacen pasar y compartir su bebida y su comida y sus besos y sus mujeres. Abrazos, cariños, cantos futboleros, golpes violentos, amistosos. Me voy a otro salón, más pequeño, los italianos son demasiado efusivos. Unos alemanes me sientan en su mesa. Gritos, saltos, cerveza de a litro, cerdo, polka, gritos, más polka, besos, de aquí y de allá. Una chica que me quiere llevar al baño, pero con sus ochenta kilos no lo logra. No soy fácil. Me voy al aire libre. Esta vez me cobijan unos alemanes de Berlín, jóvenes, artistas, algo así: ya me bajé tres tubos y mucho no entiendo. Se repiten los cantos, el baile, la ingesta, los besos. Esta vez otra chica -qué rara costumbre- me quiere llevar al baño y me dejo. Son solo cincuenta y seis kilos en un metro ochenta. Algo mareado, ya no tengo energía para defenderme. La dejo hacer. Lindo. Termina, me da un beso en la frente y se va, dejándome vomitar tranquilo. Recuerdo mi sonrisa en el espejo. Se hacen las siete y me acuerdo que a las diez tengo que tocar en la milonga moderna. Salgo del predio corriendo, levanto la mano, paro un taxi: ¡A lo de Sonja!, digo. ¿Guat?, me dice en inglés un turco. Este? agarrá por esa a la derecha y te explico, le digo mientras vomito por la ventana y le hago señas certeras del rumbo.
Luego de tres certeras instrucciones y diez minutos, sin manchar el auto, llegamos a casa. Siempre me asombro de mi capacidad de llegar a destino, en cualquier lado del planeta, sin poder acordarme los nombres de las calles. Una ducha, un té y una siesta de dos horas. Se hacen las nueve y media cuando suena el despertador. Preparo un café y noto que ni siquiera estoy hinchado. Una vez más se confirma que los alimentos en Europa no son los mismos que en Latinoamérica. En Europa no me hincho, no tengo acidez, no padezco resacas horribles, no me tiro pedos. Algo tienen los alimentos en el culo del mundo.
La Milonga de Sonja es en un salón precioso a la orilla de un río. Una centena de alemanes tratan de bailar tango al ritmo desenfrenado de mis beats poderosos. Es gracioso: pongo beats y bailan como Valentino inmortalizó el tango en Hollywood. Bailan felices y extasiados por el contacto físico. Pongo un tema largo y me arrimo a la barra a pedir agua, para terminar lo más tranquilo posible. Veo entre las botellas una de ron Zapaca y sé que esta noche va a terminar muy tarde y con tres o cuatro cuentitos: tengo seis tickets y el Zapaca deberías probarlo para saber de qué estoy hablando. Vuelvo a las bandejas y me apresuro a probar cuán lejos pueden llegar estos teutones en pos de bailar pegados con cualquier ritmo. Pongo una neo-cumbia moderna pastiche con infinidad de breaks sincopados de Marcelo Fabián. Siguen bailando. Empiezo a poner cualquier cosa. Total, no escuchan. La noche continúa apacible en medio del fino ron, las parejas empastadas y el elegante ritmo de Auténticos Decadentes y Sexteto Electrónico Moderno. Como siempre en Europa, otra vez termino en el baño, con una chica francesa que me dice que a cien metros hay una fiesta francesa y que cuando termine me espera allá. Se hacen las dos de la mañana y luego del último Zapaca se prenden las luces. Me pregunto seriamente si mi cuerpito resistirá otra dosis de alcohol y música, pero estoy en estado de fiesta. Sonja me agarra del brazo y me dice que hay una fiesta, francesa, que vayamos. Protocolo obliga, vamos. No es fácil la vida. No bien entramos le ponen a Sonja cinco cervezas en la mano. Gentil, sólo tomo una de ellas. Veo que Sonja se abraza a un teutón y se pone a bailar algo parecido a la salsa, al ritmo de algo parecido a Mano Negra haciendo dub. Me entra el sueñito y me digo que es un gran momento para irme caminando a casa. Nunca fui de los excesos y este viernes ya ha sido demasiado. Son cuatro cuadras frente al río. Cuatro hermosas cuadras en Munich.
Te acompaño, me dice una chica bajita. ¿Qué cosa?, le respondo. Decías que te ibas a casa, caminando al lado del río, sonríe deliciosa. ¿Lo dije en voz alta?, pregunto. Me lo dijiste al oído. Me estalla el corazón ante la vista de esa leve curva que se estrella en una oreja pequeña y elegante. Vamos caminando. Calladitos. De la mano. Chiquititos. Ella se llama María Luna. Pero esa es otra historia.
(*) desde Munich
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