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Un paseo por la ciudad de Tokyo junto a Sofia Coppola. Del Museo Shitamachi a salir de compras por Harajuku.
Sofia Coppola - Por Natalia Mardero
Salimos del Museo Shitamachi un poco aturdidas. Demasiada información para mi pequeño cerebro occidental. Mi anfitriona en esta ciudad está mejor preparada que yo para recorrerla, pero aún así está muy lejos de entenderla del todo. Quizás sea eso lo que convierte a Tokio en un destino tan atractivo e intrigante.
Sofía es callada, habla muy bajo y viste muy bien. Es una buena compañera de viaje. Le interesa leer buenos libros y escucha música de los ochenta en su i-pod. Tiene la dosis necesaria de frivolidad y ese aire neoyorquino y cosmopolita que tanto me seduce. Pero es su visión lo que más aprecio. Su modo de ver las cosas, las personas y sus emociones.
Ahora estamos en Taito-ku, un lindo vecindario alejado de las bulliciosas calles que rodean el hotel Park Hyatt. Tenemos hambre. ?Vamos al Edogin?, propone. ?Es un restaurante barato y cercano al mercado de pescado. El lugar con el sushi más fresco de toda la ciudad?. Frunzo la nariz de tan sólo escuchar la palabra. Detesto la euforia esnob por comer pescado crudo. Sofia se pone los lentes de sol y sonríe. ?Tranquila, te aseguro que no te vas a arrepentir?.
Vamos a la estación Ueno y comenzamos un viaje de varios minutos. Hay muchas cosas que mirar. Las colegialas con sus uniformes tan lindos y el pelo teñido de rubio. Elegantes hombres de negocios. Jóvenes ensimismados entre grandes auriculares y revistas manga. Señoras bien arregladas que no miran a los ojos. ?Andaba mucho en metro cuando teníamos la tienda de ropa?, dice Sofia. ?Pero era acá adentro donde más me nutría sobre moda. Tokio es la próxima París?.
Volvemos a la superficie y el barrio es completamente distinto al anterior. Acá hay mucho movimiento. El Edogin no es muy atractivo, ni por fuera ni por dentro. ?No lo necesita. La gente viene por la comida?, dice Sofia, alentándome a entrar. La carta no está en inglés, pero no importa. Detrás del vidrio reposan réplicas exactas hechas en plástico de los platos que se ofrecen. Coincidimos en que es un detalle formidable y decido guiarme por los colores y las formas. Desembolso 400 yenes y recibo un generoso almuerzo. Sofia me observa expectante mientras doy mi primer bocado. Mastico lentamente y por fin admito que está delicioso. ?Te lo dije?, dice feliz y señalándome triunfante con sus palitos hashi.
Después de comer decidimos pasar el resto de la tarde haciendo compras. Quiero ir a Harajuku, zona famosa por sus tiendas que imponen tendencias. Sofia dice que me lleva con la condición de poder pasear luego por Yoyogi, un parque cercano. La moda de Tokio ya no es una de sus prioridades. Quizás el Yoyogi la transporte un poco a su querido Central Park, y pueda anotar ideas frescas como el sushi para su próxima película.
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