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La capital de Estados Unidos, con todo lo bueno y malo que tiene para ofrecer, es mucho más que los relucientes monumentos que se ven cuando recién se llega, los mismos que aparecen en las escenografías políticamente correctas de los informes de CNN y Fox News.
Es una ciudad arbolada, con muchas atracciones para disfrutar y una mezcla cultural ejemplar que integra a personas de todas las nacionalidades. El sistema de transporte, por ejemplo, es excelente: el metro funciona bien y es muy limpio; los ómnibus públicos tienen hasta aire acondicionado. Pero la otra cara de la capital muestra la pobreza que enfrentan muchos estadounidenses, las secuelas que dejan las guerras y la delincuencia que predomina en los barrios de población negra.
La ciudad es conocida por el alto número de personas sin techo: un poco más de nueve mil. Uno de cada tres de los sin techo, según organizaciones no gubernamentales, son ex soldados de la guerra de Vietnam. Ahora hay un hogar público para los que vuelven de Irak y Afganistán y se quedaron en la calle por estar aquejados por enfermedades psiquiátricas como el estrés post-traumático.
Hace algunos años, por ejemplo, a Washington D.C. le decían la Capital del Crimen. Hoy es sensiblemente más segura, aunque existen barrios y territorios peligrosos para transitar. En los noticieros se cuenta de tiroteos entre pandillas y de la reciente llegada a la ciudad de dos grupos rivales: los Bloods y los Cribs, que tradicionalmente operaban en Los Ángeles.
Unos meses atrás, buscando información para hacer una nota sobre la inmigración en el área metropolitana, fui a una iglesia en la que se ofrece misa en español. Esa tarde un policía daba una charla sobre cómo identificar si sus hijos o amigos de sus hijos forman parte de la pandilla Mara Salvatrucha. También conocida como MS-13, la pandilla de inmigrantes salvadoreños se expandió a áreas como D.C.
Esto lleva a reflexionar sobre otros de los nuevos y grandes problemas de la ciudad: el aislamiento de los inmigrantes latinos, que trabajan día y noche como mozos, constructores o empleadas domésticas. Hay mujeres latinas que, según me contaron, cuando llegaron a Estados Unidos tuvieron que salir a la calle a repartir folletos para conseguir sus primeros trabajos ilegales. Sus maridos, que son jornaleros, se paran en el estacionamiento de grandes tiendas comerciales como Home Depot a esperar que les ofrezcan trabajo por un par de horas.
Los vecinos se quejan de que toman cerveza y de que están siempre borrachos. Por lo menos en Washington lo pueden hacer, porque en otras zonas de Maryland y Virginia tienen que estar aún mas encubiertos por miedo a que los deporten.
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