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Hago una visita fugaz a Londres por trabajo y luego de idas y venidas para encontrarme una noche con Madonna para cenar en Cipriani, llegamos a la conclusión de que -obviamente- su agenda está mucho más ajustada que la mía, por eso me incluye en un paseo con sus dos hijos mayores a Hyde Park para andar en bicicleta. Más allá de una incipiente amistad, el hecho de incluirme en una actividad familiar me parece excepcional de su parte y lo tomo como un gran cumplido. Mientras recorremos las ciclovías y charlamos, ella no deja de prestarle atención a sus hijos que van un poco más adelante. Pese a la amplia ropa deportiva, el gorro y los grandes lentes oscuros, no deja de ser una Madonna reconocible. Sin embargo, su rol esta tarde no es de diva ni de empresaria, es estrictamente el de mamá gallina. Pero eso no evita que podamos conversar y ponernos al día. Quiero saber detalles sobre su próxima gira, pero guarda celosamente esa información y en cambio me cuenta de una muestra de Joseph La Piana que no puedo dejar de ver antes de abandonar la ciudad. Le prometo que haré lo posible y me burlo porque estoy en Londres y me recomienda un artista de Brooklyn. "Nueva York es más aburrido, pero tiene sus cosas", murmura con irreverencia. Decidimos detenernos, porque los chicos vieron la van que vende helados. La madre se abstiene de tantas calorías, pedimos tres, dejamos las bicis a un lado y nos sentamos en un banco de madera. Me cuenta con entusiasmo que esta semana participará en el programa del comediante Ricky Gervais. Le digo que he visto fragmentos en youtube, y la charla deriva en el alcance universal de algunas cosas más allá del idioma. Eso me frustra, porque le hablo de algunos libros que le recomendaría, pero que no puedo compartir de forma inmediata porque no están traducidos al inglés y difícilmente lo estén algún día. Veo un reflejo que viene de cuarenta metros más allá, cruzando el césped y un sendero. Distingo a un fotógrafo. "Siempre quise salir en The Sun", comento divertida mientras me llevo a la boca la última cucharada de helado. Descubrí a un paparazzo, pero no soy muy original. Ella ya vio a tres, y desde hace más de veinte minutos. Lo dice con tranquilidad, como si fuera parte de la rutina. Y pienso que sí, que más de la mitad de su vida se la ha pasado saliendo a la calle con alguna cámara detrás. Tiramos los potes de helado y decidimos volver. Los niños están cansados y rodean a la madre con abrazos y reclamos. Esta noche quieren ver una película en familia. Ella acepta la propuesta fácilmente. Seguramente porque sabe que en los próximos días estará poco en casa: es un trabajo arduo tener que seguir demostrándole al mundo quién manda.
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