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Montevideo y Madrid comienzan con la misma letra. La letra eme. M de mierda, de virgen María, de Muchedumbre, de Moscas, de Maltrato, de Masoquismo, de Mentira, de Mantra, de Malversación de fondos, pero también, y por sobre todas las cosas, la eme de Maravilla.
Montevideo y Madrid no se parecen en nada. Por eso no tuvo sentido aquella columna periodística que procuró titularse Montevideo Me Mata, remedando, plagiando, el conocido Madrid Me Mata que también representa una estupidez, pero en todo caso una estupidez europea, que es lo que se lleva ahora. He vivido en Madrid algunos meses, en distintos tiempos, durante diversos períodos. He odiado su falta de mar, su Plaza Mayor, sus tapas, su calle Montera (empieza con eme, también, of course) llena de prostitutas lívidas, sidosas del tercer, cuarto y quinto mundo. He llegado con esfuerzo y buena voluntad a odiar Madrid con su estúpida ?Puerta de Europa? cuyos flancos inclinados parecen remedar un chiste gallego de Pepe Muleiro, argentino de nombre atávico.
He amado y odiado y amado y vuelto a odiar a Madrid, con su M mayúscula de maricón, de macho, de máscara, de madrastra. Eso es Madrid para el sudaca: una Madrastra, una Madre Mala Malhabida, clandestina, ilegal. He odiado Madrid, sus monumentos ecuestres, la efigie de Carlos V, los camellos magrebíes que venden sustancias rebajadas, cortadas con talco o harina de maíz americano, a precio de buenas drogas, de paraísos que no lo son.
Odié Madrid cuando Cecilia me dejó. Cecilia vivía en Lavapiés. Era la emperatriz de Lavapiés. Viví con ella cuatro meses hasta que conoció a un gordo glotón, de nombre Eduardo y de apellido ?believe it or not- Quintanilla. El tal Quintanilla era un reverendo imbécil, un guarro que había varado en Madrid proveniente de Cádiz, la Hermosa, la nunca bien ponderada Cádiz.
Quintanilla se decía poeta, pero era un chulo, un vividor, un proxeneta de la más baja calaña. Pedorreaba y eructaba sin escrúpulos a la hora de comer, encima de la mesa servida. Tragaba el vino de Rioja a baldes. Le faltaban tres dientes: dos incisivos en el maxilar superior y uno abajo Le tocaba el traste a Cecilia delante de todo el mundo, sin remilgos. Quintanilla era puro pedo y gesto obsceno, sin reflexión. Todo lo contrario de Ortega y Gasset. Sin embargo, Cecilia se enamoró de él. ¿Quién entiende a las mujeres?
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