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Rodeamos el Hotel del Prado y seguimos nuestra caminata bajo la sombra fresca de jóvenes plátanos. Don Santiago y doña María, padre y madre de Delmira, van algunos pasos más adelante, ella tomada del brazo de su esposo, quien le hace notar a cada momento la belleza de un brote, la forma de una rama, o los efectos de la luz a través de las hojas.
Yo voy del brazo de mi amiga. Nos hacemos confidencias al oído, al resguardo de la atenta mirada y del agudo oído materno. Me da un poco de miedo esa mujer gruesa, rígida, autoritaria. Cada tanto se vuelve para mirarnos, y desconfía secretamente de nuestras risitas y cuchicheos. Tenemos calor bajo estos vestidos. La primavera trajo días húmedos que nos expanden dentro de pequeños zapatos, cuellos altos, encajes y sombreros. Pero nos gustan los paseos al aire libre, emborracharnos de brisa fresca y aromas dulces del arroyo. ?Nena, no se demoren. Vamos por allí, hacia el Rosedal?, dice la madre. Delmira hace honor a su apodo y parece una niña curiosa cuando recoge hojas secas o flores silvestres, lo que nos rezaga de la respetada pareja.
?Estoy agotada?, dice mi amiga. ?He escrito toda la noche. Creo que he tenido fiebre. Mi madre entró a mi habitación pasadas las tres de la mañana y quedó muy preocupada. Yo estaba casi en trance. Dice que a veces preferiría que no escribiera?. Sé que no es cierto. La madre se enorgullece de la hija, pese a entender poco el contenido de sus poemas. ?Cuando encontremos un lugar para sentarnos quiero leerte algo. Creo que es lo mejor que he escrito hasta ahora?, dice con entusiasmo, mirándome con sus grandes ojos azules. Yo estoy ansiosa por saber de qué se trata, por ruborizarme nuevamente con sus versos encendidos.
El Rosedal es uno de los lugares de moda. Nosotras disfrutamos de los colores y aromas de los jóvenes rosales traídos de Francia, y de los caminos de ensueño que llevan a la fuente.
?Tengo que contarte algo?, dice Delmira apretando mi antebrazo y aprovechando que sus padres se detuvieron a conversar con un viejo amigo de la familia. ?Le he pedido a Enrique que se fugue conmigo?, dice nerviosa y en voz baja. ?Pero me ha dicho que no, que nunca mancharía mi nombre y mi honor?. Nos sentamos en un banco de madera. Le digo que Enrique es un hombre convencional, que nunca la seguirá en esas cosas que para él resultan descabelladas. Delmira se queda pensativa y luego me revela lo prometido. Saca de su cartera un papel doblado en cuatro y estampado con garabatos casi ilegibles. Lee con fervor. Habla de una mirada de culebra, habla de sombras, cisnes y estatuas, y sé que algo tan hermoso no puede ni remotamente estar inspirado en la figura insulsa de Enrique Job Reyes.
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