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Mattioli y sus relatos de viaje. Ahora, Toronto, Canadá. La babilonia del país más europeo de América. Hostel. Bares. Poetas y Nomadic Massive.
Otra norteamérica - Leonardo
El Global Backpackers Hostel es mi casa en Toronto. El lugar es para dormir y desayunar fuerte, pero también para compartir (en castellano, inglés y francés) con los otros residentes y compañeros de viaje. Escuchamos música, navegamos por Internet, jugamos al pool, y a la noche bailamos. Como base de operaciones es bastante cómoda. Me tocó compartir, por unos días, un cuarto con un guatemalteco y un estadounidense. Y un británico que no sabemos cómo terminó alojado en la cucheta superior.
Si el hostel es un lugar por demás multicultural, el resto de la ciudad no lo es menos. En sus calles se escucha hablar en chino, coreano, ruso. Ayer, sin ir más lejos, mantuve una larga charla con un vendedor de libros, especializado en arte griego. Me explicó que él era un heleno; que griego es como le llaman los demás, y que esa palabra, como la de Grecia, no existe en su lengua natal.
La temperatura es templada, en torno a los veinticuatro grados, pero los locales dicen que hace calor. No se ven los grandes gordos que uno ve más al sur. Incluso he visto publicidad contra la fast food. El tranvía pasa seguido. Cada esquina está cubierta por una telaraña de cables que permiten a los motores del transporte público moverse.
Una tarde nos llevaron a un castillo, para un programa artístico muy especial. Dentro de Casa Loma así se llama-. Las imágenes son dignas de un film de Tim Burton: grandes habitaciones de corte burgués del siglo diecinueve, retratos familiares, estufas, armaduras. Un spoken Word, poeta, recitador, cantante a capella, como quieran llamarle, abre el micrófono y dice cosas fuertes. Se escuchan fuertes aplausos. Se llama Benny Esguerra. A la comitiva la acompaña la representante de la Reina, Michaëlle Jean, una refugiada haitiana que llegó a transformarse en una de las personalidades más influyentes de Canadá.
Después del poeta, sube Nomadic Massive al escenario. Nos miramos con Oz, un paraguayo graffitero, y coincidimos sin cruzar palabra que no se puede seguir comiendo. Hay que pararse y bailar cuando este combo de hip hop orgánico se pasea por el árabe, el inglés, el español y el francés para regalarnos una música increíble. Hasta la señora Jean baila.
Toronto parece un pedacito de Europa en América del Norte. Hay muchas cosas por contar: de su arte callejero, de su arquitectura, de su gente de todos colores. También de su orden; y de su desorden. Pero no me da el tiempo. Primero a vivirlo del todo.
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