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Años más tarde comprendí que esa fiesta fue fundamental.
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Los 80. Barbies. Maquinitas. Teclados Casio. Footloose. Clics Modernos. Recuerdos infato-adolescentes. Amigas. como la peli Cuenta conmigo pero en Maldonado.
cómo nos hicimos amigas - Patricia
A los doce todavía jugaba a las barbies con una compañera de clase. Ya sé que estábamos un poco grandes para eso, pero lo hacíamos. Inventábamos unas historias tipo Sex & the City, muy convencionales pero a la vez cachondas. Las barbies eran unas chicas de lo más salidoras, se pasaban concretando citas con chicos con nombres como Ken o John. Tenían un estilo de vida muy Cosmopolitan: salían de compras, se ponían lindas, iban a la peluquería, y se pasaban hablando de ellos, los autos que tenían, los viajes que hacían, cómo eran en la cama.
El edificio donde vivía tenía tres torres. La de mi familia era la más cercana a la esquina. Séptimo piso. Balcón por medio, vivía un dentista que se había hecho bastante amigo de mi padre. Tenía como hobbie la música y se había comprado un teclado Casio. Estaba casado y tenía cuatro hijos, todos más chicos que yo. Cuando iba a jugar y sus hijos no estaban, le pedía por favor para tocar el teclado. Él, por supuesto, me recibía amablemente y me dejaba ocupar el cuarto de la música. Ahí quedaba yo, horas, copada.
Después agarré más confianza y empecé a mirar los discos que tenía. Descubrí a Charly García, el disco Clics Modernos. En la tapa, que es en blanco y negro, está Charly fumando un pucho, sentado contra una pared toda graffiteada. Mi hit era ?No me dejan salir?. Me pasaba cantando el estribillo. Lo de ?estar verde? me parecía un concepto superior para decir que alguien estaba harto, loco, desquiciado, o se sentía un extraterrestre en el mundo. Hasta ahí llegaba mi comprensión. ¿Quién no lo dejaba salir? Ah, de eso, ni idea...
A la canción ?Los dinosaurios? todavía no la entendía. Me parecía más bien surrealista y triste, cargada de muerte, aunque era incapaz de interpretarla correctamente. No entendía las alusiones a la dictadura. ?No estoy tranquilo, mi amor, hoy es sábado a la noche, un amigo está en cana? Pensaba que Charly estaba un poco pasado y tenía malas juntas, que por eso andaba con amigos a los que llevaban presos. ?Algo malo habrán hecho, pero ¿qué??. Estábamos a fines de 1983, previo a la transición hacia la democracia, pero yo todavía no entendía mucho por qué mis vecinos y mis padres, y todo el edificio, bah, hacían sonar todas aquellas cacerolas.
Le propuse a mi vecino hacer una fiesta en el edificio, abajo. Aceptó. Era imposible que Walter (así se llamaba) rechazara mi entusiasmo. Me prestaría su equipo de audio y se comprometía a estar todo el rato que durara la fiesta, ayudándome a pasar música. Yo me encargaría de avisar a todos los vecinos, de las tres torres. Sería una fiesta pequeña, pero con onda. Una fiesta de disfraces. La excusa fue Halloween. Pero, ¿de qué me disfrazaría? Pensé que lo más fácil sería agarrar una sábana vieja y taparme de la cabeza a los pies. No quería dar la cara. Finalmente decidí que lo mejor era comprar una careta. Fui a una casa en la que vendían desde juguetes y palanganas a manteles de plástico. La casa de los plásticos, le decían. Por suerte encontré la máscara adecuada: una calavera. Tenía la mandíbula un poco floja, pero era mejor que nada. Le puse un elástico y me la até.
La noche del viernes, a las ocho y media de la noche, llegaron los más pequeños. Y a las nueve Mercedes y Mariana, una representante por cada bloque del edificio. Estaba bien. Lo que me dejó un poco perpleja fue que, a simple vista, parecía que se habían confabulado y se habían disfrazado de lo mismo. Después pude distinguir que los atuendos eran diferentes: Mercedes se había disfrazado de china gaucha con trenzas, pollera larga floreada y un pañuelo blanco; Mariana iba de dama antigua, con pollera floreada y un peinetón muy lindo.
Las dos estaban muy femeninas, bien coquetas. Yo me sentía un bicho, como siempre. Lo primero que hicieron fue ponerse contra la pared, como si estuvieran a punto de ser fusiladas. Llegaron un par de gurises más, pero sin disfrazarse. Los dejamos entrar igual. La fiesta no fue gran cosa. Ninguno bailó. Después de cierta hora cada uno se fue para su casa.
Años más tarde comprendí que esa fiesta fue fundamental. Gracias a ese primer acercamiento, Mariana y Mercedes se convirtieron en mis mejores amigas. Cada una de ellas tenía un hermano varón, Andrés y Julián, y cada uno de los hermanos tenía pila de amigos.
Ese verano formamos una barra, todos los chicos del edificio, y no nos paraba nadie. Hacíamos concursos de paro de mano en la vereda. Fuimos a la matineé del cine Maldonado a ver Footloose. Nos pasamos jugando a Verdad, consecuencia, mentira, confidencia; yo era la única que siempre decía la verdad. También íbamos de excursión a Punta del Este, a jugar a las maquinitas. Yo era la que peor jugaba. Una vez, todos se dieron cuenta de que no entendía las reglas del Pac-Man. Mercedes no podía creer que yo fuera tan boba. Se apiadó de mí y me pasó el pique: ?Cuando te comés una pastilla grande tenés superpoderes, y ahí es cuando podés comértelos a todos y pasar a otra pantalla?. Yo quedé perpleja. ¡Con razón me aburrían tanto los videojuegos! ¡Nunca entendía las reglas! Todos se rieron un poco de mí. Pero lo cierto es que me seguían.
Cuando al año siguiente me hice fan de Madonna y me compré el casete de Like a Virgin, fui directo a la peluquería con la foto de la diva. Me hicieron un corte más bien masculino? quedé más parecida a Bono que a una chica new wave, pero conforme al fin con mi raro peinado nuevo. Mariana me imitó. Admiraba la colección de fotos de Madonna que yo tenía en el ropero. La mayoría las había recortado de la revista Tú, de la que era fanática. Después vendrían los bailes, los novios y todo eso, pero lo más importante ya había sucedido. Nos habíamos hecho amigas y eso nos marcaría para toda la vida.
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