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¿Es capaz la nueva generación de abandonar las etiquetas rígidas y encarar el futuro resignificando el valor de la palabra como puente y no como claustro? Tema complejo se plantea Facundo en su nueva columna.
palabras como desvelos - Facundo
Desde comienzos de año dedicamos este espacio a responder una sola pregunta: ¿qué tiene que hacer nuestra generación para que Uruguay sea un país mejor? Hasta ahora hemos avanzado en las siguientes hipótesis: redefinir el concepto de jerarquía; hacer de la identidad algo menos rígido; quitarse el complejo de la sinceridad-humildad y vincularse lo más posible; lanzarse a la acción buscando cambios en el itinerario de la historia.
Todas estas ideas son posibles de aplicar ahora, hoy. No dependen de que seamos quince millones en vez de tres, ni de que funcione el Mercosur, gane Obama o se apoye la reelección presidencial. Dependen de nosotros, de cada pequeño emprendimiento que surge en los pasillos de una Facultad, del empuje para materializar las ideas; del esfuerzo por hacer posible los imposibles.
En este contexto, una de las tareas más complicadas que tenemos, y que engloba a todas las demás, es la de cambiar el lenguaje, la de aprender a relacionarse de otra manera con las palabras. Por teórico que pueda parecer este planteo, se trata de un problema político y concreto de primer orden.
Empezamos a entender la realidad a través de un vocabulario que siempre es heredado, que nos permite movernos en el mundo. Así, aprendemos lo que significa papá, mamá, casa, calle, primo, perro, maestra, vacaciones, deberes. Y crecemos, y las palabras pasan a tener referencias más complejas, menos cristalinas: burgueses, proletarios, izquierda, derecha, tradicionalistas, progresistas. Estas palabras tienen historia, nacieron en determinados contextos donde fueron necesarias para aprehender una realidad que había que nombrar para entenderla.
Pero curiosamente, con el paso del tiempo, esas mismas palabras comienzan a opacar la realidad que en un principio desvelaban. Ahí entra nuestra tarea como generación, percatarnos de ello y transformarlo. Las palabras sólo sirven si abren, si descubren una realidad, no si la clausuran.
Si nos dedicamos a pensar la realidad con las viejas palabras, estamos condenados a repetir los errores. Debemos hacer el esfuerzo de resignificarlas, de devolverles su función reveladora. ¿Cómo se hace? Difícil de decir a ciencia cierta, pero seguro que tiene que ver con cambiar la costumbre de etiquetar rígida y muchas veces agresivamente a los que no piensan como uno. Y también tiene que ver con el silencio, con la capacidad de darse cuenta de que a veces es mejor callar, algo que a nuestra generación, que nació y creció en el auge de la comunicación, se le hace difícil.
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