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Es 9 de julio y estamos con Gustavo y los músicos en Dinamarca, en un edificio que el estado danés le da a los extranjeros para que hagan trabajo social. La temperatura ronda los 26 grados peronistas. Calor al sol, frío a la sombra. Puestos de comida argentina, de bijouterie argentina, de ropa argentina, de libros argentinos. Se suceden 350 personas que comen choripanes de escasa calidad al módico precio de 35 mangos por embutido. Porrón pequeño de Quilmes a 30 pesos. Remeras de Boca, Racing, Gimnasia y por supuesto de la Selección.
El embajador se presenta temprano, enfundado en trajecito de pana encantador con pañuelo de seda verde. En el puesto de la embajada regalan vino argentino, de escasa calidad. Se juega al truco. Al tute. A la pelota. Tocan dos bandas de folklore. La fiesta es subsidiada por el Estado danés, que paga músicos, sonidos, limpieza, y la semana artística se corona tratando de integrar e integrarse al mundo. A la Recoleta del mundo.
Haciendo un breve trabajo de campo en el pueblo reunido se puede afirmar que, más del 65 % trabaja en gastronomía, o se pusieron de novios con una danesa en Barcelona y aquí están. Un 25 % trabaja en tareas sociales o gestión cultural y, por lo general, llegaron en las épocas de dureza política. El resto son ingenieros o profesionales a quienes sus empresas mandaron a un mundo mejor.
A mi mesa se suma un danés, buena onda, que vivió seis meses en Barcelona. Ofrece merca. Le recuerdo que son las cuatro de la tarde. Aparentemente, el danés es dealer. Salud. También está dando vueltas Alejandro, que vende aritos frente a la iglesia del centro y que hace arder autos con su hijo menor en su tiempo libre. Cuenta de lo caro que está todo y esas cosas de la calidad de vida y que los daneses no entienden nada y que le operaron la rodilla y le quedó mal porque le hicieron cualquiera. Repentinamente ocurre un entredicho cultural. Estalla una botella y hay gritos. El danés que vende drogas quiere matar al hijo de Alejandro; lo amenaza en múltiples idiomas y yo, la verdad, no lo enfrentaría.
Aparentemente el hijo de Alejandro le dijo sudaca a uno de sus clientes sudacas. Pelea de borrachos. Por suerte la fiesta patria ya había terminado. Sólo quedan los músicos, Gustavo y yo, comiendo deliciosa comida del mundo cosmopolita, comprada de un bonito restaurante que atiende un árabe o turco o algo así.
Sale la luna en Copenhague y nos vamos a un bar atendido por latinos, regenteado por un pakistaní. La cerveza es barata y se puede fumar. Algo de rock en Dinamarca. Está en el barrio de las putas y los dealers. Me dicen que vaya con cuidado, pero me hace acordar a Pocitos. Son todos muy lindos.
* En Copenhague, el 9 de julio, en una de las etapas de la gira europea del grupo argentino Yira.
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