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Nos vamos juntos. Mis amigos me dedican una mirada cómplice. Caminamos en silencio. Llegamos a la parada. Hablamos de cerca. Me gusta. Sé que espera que le dé un beso. Yo hablo de cualquier cosa. Como siempre. De cualquier cosa. Se escucha música. Una banda está tocando cerca. No sé por qué me pongo a hablar de los hermanos Ibarburu. Hablo largo y tendido sobre los hermanos Ibarburu. Me mira y sonríe con cara de cuando ya estemos juntos te voy a tomar el pelo con las pavadas que me decías en lugar de darme un beso. Yo pienso que muchas mujeres todavía tienen esa costumbre añeja de esperar a que el hombre sea el que haga algo. Las mujeres la tienen más fácil. Sigo hablando de los Ibarburu. ¿Qué me pasa? Ella sigue esperando que la bese. ¡Por Dios! Ya es el siglo veintiuno, y ya es tiempo de que no esperes más por mí. Los Ibarburu. OK. Le doy un beso. Me siento bien. Bien. Nos tomamos el mismo ómnibus. Ella se duerme en mi hombro. Yo en su cabeza. Me siento bien. Los dos dormimos en cuartos compartidos. Nos tenemos que ir cada uno a su casa. Al otro día ella me llama para ir a la feria de Tristán Narvaja. Qué lindo. Eso fue hace mucho tiempo. Ella ya se burló de todos mis comportamientos. Y todavía lo hace. Los Ibarburu me traen buenos recuerdos.
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