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Siempre escuché historias que decían que el Porsche 550 Spyder de James Dean estaba embrujado. Que los fierros retorcidos del Little Bastard pasaron de mano en mano y sus poseedores siempre terminaban accidentados o muertos. En morbosa procesión el Porsche fue expuesto para que los jóvenes no siguieran los pasos de Jimmy. Pero quienes lo poseyeron lo pasaron mal.
Hace calor, el aire me seca los labios y el cielo californiano se ve intensamente azul. Dejo de caminar. Me saco la mochila y consulto el mapa. Estoy en la ruta 46, cerca de Cholame, caminando hacia el oeste. Todavía faltan unos veinte kilómetros para el cruce con la 41. Me siento al costado de la ruta para recuperar el aliento. El paisaje es árido y desolador. Hasta hace un rato los autos pasaban frecuentemente, pero me doy cuenta que ahora la ruta está vacía y sólo escucho la brisa removiendo el pastizal.
De repente un zumbido, como un panal de abejas en erupción. Me incorporo de un salto. Luego de unos segundos percibo que el sonido se acerca desde el este. Un destello metálico sobre el asfalto, y cuando menos lo espero, un Porsche 550 con el número 130 tatuado en la trompa estaciona a mi lado. Jimmy lleva unas gafas de sol Ray-Ban, guantes de cuero sin dedos y un sweater a rayas azul y blanco. Está feliz con su juguete nuevo. "¿Hacia dónde vas?", es lo primero que se me ocurre decir. Él enciende un cigarrillo, saborea la primera pitada y contesta: "A Salinas, a una carrera de autos. ¿Qué más puedo hacer con este pequeño bastardo?". No lo contradigo. Esta máquina invita a correr. Me pregunta hacia dónde voy yo; hacia ningún lado, digo, y me invita a acompañarlo unos kilómetros.
El fuerte ruido del motor no impide que le pregunte de todo, sobre el rodaje de Gigante y sobre su relación con Natalie Wood. Él sonríe, pero es bastante esquivo. Sólo cuando le pregunto sobre actuación se pone elocuente. "Ser actor es la cosa más solitaria del mundo. Estás solo con tu concentración e imaginación, y eso es todo lo que tenés".
Luego me habla de su gata Nessia, que fue un regalo de Liz Taylor. La extraña, porque ya no vive más con él. La devolvió. Pregunto por qué. "Porque algún día de estos voy a salir de casa y quizás no regrese nunca". Lo dice seriamente, mirando el camino y tomando el volante con firmeza.
Me quedo mirándolo. Mirando su eterna fragilidad. Dan ganas de abrazarlo. Él reduce la velocidad y detiene el auto cerca de la banquina. "Lo siento. Tengo que seguir solo, tengo que llegar a Salinas antes de las seis". Miro el cartel de la ruta. Falta un kilómetro para el cruce con la 41. Apenas tomo mi mochila, Jimmy acelera y me saluda por el espejo retrovisor. Lo veo alejarse en su bala de plata.
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