|
 |
|
|
|
Los domingos, después de almorzar, íbamos con papi y mami a la playa Ramírez. Adoraba ese paseo y el color tan característico del río, pensaba que todos los mares eran de dicha tonalidad, y me divertía muchísimo jugando con las cositas que flotaban en el agua. Estaba convencido que vivíamos en una república socialista en la cual todos compartíamos todo, incluso esas rarezas. Al caer el solcito volvíamos, bien rápido, para no perdernos el show de Monchito y Macario.
Una tarde, a punto de tomar el ómnibus, mojado y bastante mañero, decidí sacarme una duda de tipo existencial. -Mami, ¿qué es eso? ?pregunté.
-Es el Museo Nacional ?contestó mami.
Y yo volví a preguntar, siempre tan inoportuno.
-¿Qué es un museo?
-Una casa grande con cuadros adentro ?dijo ella.
Mi cara se transformó. Los cachetes coloraditos tan amados por mis tías viejas quedaron pálidos. Casi no respiraba. Pensé en la pinacoteca rusa, en los Médicis, en el Modern Tate. Papi se dio cuenta del asunto y para tranquilizarme, me dijo, señalando a la cancha de tenis contigua al museo: ?ese señor gordito con bermudas, championes y raqueta que ves ahí, es el dueño del museo?. ¡Chan Chan Chan! MOMENTO FUNDACIONAL en mi vida y mis padres no lo notaron. En ese momento fue que decidí ser tenista y conocer al señor director. Pensé que la cancha de tenis era también propiedad del señor de bermudas ?algo así como el patio de atrás de la casita- y que si lograba conocerlo, jugar una partidita con él y ganarle, me quedaría con la casita, los cuadros y la ¡CANCHA DE TENIS!
Difícil empresa la mía. Dos desafortunadas clases de tenis fueron necesarias para asumir la derrota.
Sólo hace dos años me enteré que mis papis me habían mentido vilmente con el asunto del regordete, que nada tenía de director y menos de tenista. Fue a raíz del tole-tole que se armó por la nueva directora del Museo Nacional. Por estos tiempos que corren voy bastante seguido ya que hay mucho movimiento, exposiciones, talleres, charlas sobre historia del arte y debates sobre el arte contemporáneo.
Las muestras son siempre integradoras. Nuevas vías de acceso (una propuesta para hacer una revisión del acervo del museo), las ediciones de Satélites de amor (cruzando disciplinas) no tienen desperdicio. Tampoco las muestras-homenaje, que hacen la diferencia en el montaje y con impecables catálogos. Este mes la casita del Parque Rodó está reservada a dos maestros del arte nacional: Rafael Barradas y Anhelo Hernández.
|
|
|
|
|
|