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Los cafés porteños forman parte del adn de Buenos Aires. Y cada uno de ellos, por fashion, hippie o bohemio que sea, está condicionado a satisfacer nuevas demandas de quienes encuentran en un cortado y dos medialunas la excusa ideal para trabajar más distendidos, ordenar la agenda o hacer una pausa en medio de la vorágine que presenta la ciudad durante los días laborales.
Un mini tour por los negocios gastronómicos de la zona de Palermo Hollywood, Barrio Norte y Recoleta, me permitió verificar, entre otras cosas, un promedio de dos notebooks abiertos por local. La razón es muy simple: las nuevas generaciones no conciben hacer el pedido al mozo sin antes confirmar que en alguna mesa vecina hay un cliente chequeando mails o chateando con el msn.
Me acordé de inmediato de las editoriales de Carlos Taran en esta revista, donde son recurrentes sus pedidos por lograr que Uruguay sea el primer país wi-fi del mundo. Adhiero a la causa de Carlos porque, como él, pude comprobar lo cómodo que es trabajar en un lugar diferente a las cuatro paredes de mi oficina, teniendo la posibilidad de despejarme, pedir algo de tomar y pasar un rato más largo en un ambiente chill-out sin necesidad de abandonar mis responsabilidades. Todo porque existe un router que provee a mi máquina de Internet para mandar un mail, chequear una información o lo que sea.
Me temo que en Uruguay, ni siquiera en Montevideo, no existe una política tan "pro wi-fi" como la que hay en estos momentos en Buenos Aires, o en Rosario (Santa Fe), donde hay un plan comunal de convertir esta ciudad -de dimensiones similares a la capital uruguaya- con libre acceso a Internet a partir de 2010. Los números son contundentes: entre diciembre de 2007 y mayo de 2008, las confiterías y bares porteños que instalaron conexión inalámbrica aumentaron un 33%. Los expertos sostienen que este incremento se debe a una cuestión de supervivencia. Bar que no tiene wi-fi no tiene potenciales usuarios y, por ende, no tiene clientes. El wi-fi es tan indispensable como los teléfonos públicos en los bares de otrora.
En Estados Unidos, o en cualquier país de Europa, usar dos horas de Internet en un café cuesta (en promedio) cuatro dólares la hora. En Buenos Aires, es gratuito. Los bares de Buenos Aires empezaron esta tendencia, justamente, por ser destinos elegido por turistas de los poderosos países del norte. El mensaje, para todos ellos, es muy bueno. ¿Se imaginan qué pensarían si dicen que, cruzando el río, hay un país que ofrece ese servicio sin necesidad de consumir un café?
Es cuestión de proponérselo. Es una cuestión de actitud.
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