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Cuando el niño era niño - Patricia Turnes
Patricia Turnes
 18.08.2008 
     
Cuando el niño era niño - Patricia Turnes
Cuando era niña no tenía que pensar; quería hacer algo y lo hacía. Vivía en estado de gracia, sin cabeza. Pensaba, sí, pero lo mínimo imprescindible para que las cosas fueran como eran. Luego vino esto. Dar vueltas y vueltas alrededor de un mismo tema, pensar, cavilar, una actividad que en principio no me ha ofrecido ninguna recompensa.

Hace poco tuve una especie de iluminación. Le llamo así a un insight que viene desde muy profundo y que dice algo que ya sé, que todos sabemos, pero que, de pronto y sin saber cómo, se me había olvidado. La iluminación consistió en volver a recordar cómo actuaba yo, antes, de pequeña. Fue como mandar un stop a la cabeza.

Saco a mi perro los domingos. Es una rutina. Lo llevo a una placita que hay por acá cerca. Él es ahora como mi hijo. Es lo mejor que me pasó en años. Llevo mate, termo, libros, y voy con él al parquecito, donde hay una cancha de fútbol, pegada a la facultad de Veterinaria. Hay un lugar con mesita de portland y sillas, como para hacer un picnic. También hay juegos para niños. Últimamente prefiero la parte de la canchita porque sé que ahí Lobito puede correr y lo más probable es que se encuentre con algún otro perro, se hagan amigos y jueguen. Con esa idea lo saco; para que se ventile, para que corra.

Una de esas tardes, por la canchita pasó un padre que intentaba enseñar a su pequeño hijito a correr. Le estaba saliendo bastante bien, hasta que el niño tropezó. Lloró un poco, hasta que se volvió a parar y volvió a correr. Me pareció que el momento era brillante; la alegría que tenían los dos era grande. El niño siguió corriendo por la cancha con su padre. Los vi en armonía, plenos de una felicidad simple. Yo observaba todo sentada en el piso, apoyada contra un largo tronco. El piso estaba lleno de hojas de eucaliptus y tierra roja. Había un rico airecito.

Lobito, como el niño, también corría. Me acordé de la primera vez que lo llevé a una plaza, bien chiquito. No podía ni caminar, tenía que llevarlo a upa y yo me sentía muy insegura, una madre inexperta. Ahora está grande, fuerte, sano y yo he aprendido a cubrir sus necesidades. Me siento muy contenta de tenerlo. Ahí estaba, mirando cómo exploraba el territorio con otro perrito, cuando de pronto recordé una escena de mi infancia: la época en que yo quería tener un club.

Fue el verano en el que tenía ocho años, recién cumplidos. Mi familia y yo vivíamos en Buenos Aires y veraneábamos en Piriápolis. Fui consciente de que necesitaba relacionarme. Así fue que hice unas "invitaciones" en las que decía que hacía todo tipo de cosas en mi casa: clases de gimnasia, baile, teatro, paseos, recreación, pintura, artesanías. Distribuí esas invitaciones infames por el barrio. Y esperé, esperé. A los días aparecieron por el fondo de la casa dos hermanos. Ellos vivían al otro lado de la zanja, en una casa. Pero yo no los conocía.

Ese verano, y gracias a mis invitaciones, nos hicimos amigos. Les expliqué realmente cuál era mi idea: jugar. Ellos también estaban aburridos y querían jugar. Así que pasaron para mi terreno y ahí empezó la diversión. Aprendí con ellos a jugar a la lotería de animales y al mikado. Yo, por mi parte, inventaba obras de teatro en las que cada uno tenía un rol: en una había un novio y una novia, nos casábamos. Yo era la novia, y Claudio, el chico del otro lado de la zanja, era el novio. Íbamos a un arroyito y flotábamos en unas cubiertas infladas. Me divertí mucho con ellos.

En cuanto al club, lo seguí intentando cada año cuando llegaba el verano. Llegué a sacar una revista y a diseñar los carnés para los socios. El pequeño depósito de afuera fue el lugar que elegí para la sede. Era un sótano lleno de arañas, un olor a humedad que mataba. La puerta era de hierro y se cerraba con un candado. Acondicioné el local lo mejor que pude: lo barrí, lo limpié, tiré algunos objetos inservibles, lo decoré. Soñé con que algún día se llenaría. Le pinté por afuera: Club Social y Deportivo Soledad. Sí, aunque parezca extraño, así se llamaba el club. El nombre lo había puesto en homenaje a mi abuela Soledad, aunque ahora que lo pienso con un poco de perspectiva no era un nombre muy auspicioso para atraer gente. Mientras esperaba que llegaran los socios, pasaba las horas cazando ranas, andando por los bosques, leyendo Robinson Crusoe, Mujercitas, Periquita y La pequeña Lulú.

Aunque era tímida siempre trataba de amigarme con los nuevos que encontraba por el barrio. Promovía ideas raras. Me acuerdo que había visto una película de los Parchís en donde ellos hacían no sé qué travesuras. Salí del cine decidida a armar lío en el vecindario. Hice un poco de vandalismo con un grupete de amigos: destrozamos algunos jardines, invadimos algunas casas en las que no había nadie, no para robar, sino para experimentar la sensación de peligro. Lo más probable es que estuviera muy aburrida. Lo que sí me acuerdo es que nos divertimos mucho. Yo tenía eso; cuando era chica me copaba tanto con una película que quedaba por varios días en una ensoñación. Confundía la realidad con la fantasía y mi espíritu permanecía impregnado de lo que hubiera visto.

Así era la forma en que las cosas sucedían. No pensaba mucho. Sólo trataba de llevar adelante mis fantasías. Y así actuaba. En esos términos vivía, como una salvaje. Y siempre salía bien parada.
Al lado mío tengo a Lobito que me aúlla y quiere que juguemos con la pelota. Creo que voy a hacerle caso. Lobito me recuerda a cuando el niño era niño...


(*) Me suena que la frase del título viene del guión de Alas del deseo, de Win Wenders.
Si no es así, corríjanme.

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