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Tengo un amigo que es tímido. Siempre fue así. Desde niño se siente incómodo cuando está con gente que no conoce y siempre vio con ojos de sospecha a quienes les gusta estar todo el tiempo en eventos sociales.
Las vueltas de la vida llevaron a mi amigo a estar en un alto cargo empresarial que lo obliga a visitar clientes activos o potenciales. En otras palabras, a estar haciendo Relaciones Públicas todos los días. Hace poco tiempo, me dijo: ?Me di cuenta de que no se puede ser chúcaro, que para conseguir algo, seas artista, médico, jugador de fútbol o lo que sea, tenés que vincularte, hacer contactos, aprender a conversar?.
Confiesa que al principio le costó mucho y a distintos niveles, y no sólo tuvo que vencer su timidez natural: debió aprender a manejar silencios, preguntar sobre cosas que no conoce muy bien, seguir conversaciones que no son interesantes, todo para descubrir que también se podía conocer gente agradable y aprender cosas que nunca hubiese imaginado.
Esta anécdota mínima encierra el valor y la necesidad de relacionarse. Sin embargo, y por motivos que aquí no podemos indagar, los uruguayos suelen oponer relaciones públicas a sinceridad. Esa dicotomía hace que a muchos no les guste eso de andar dando la mano y saludando con una sonrisa. Es muy nociva esta forma de pensar. Porque nos paraliza, nos encierra, nos aleja del mundo.
En otros lugares la gente se vincula sin hacerse un cuestionamiento tan estéril. Si tienen que ir a visitar a alguien para ofrecerle algo, van y listo. Claro, tienen que hacer relaciones públicas: vestirse acorde a la reunión, ser cordial, ser claro, negociar. Por supuesto que esto se hace en Uruguay, y hay buenos ejemplos: la industria del software, de la publicidad, del cine, por nombrar las más nuevas. Pero debemos potenciarlo mucho más.
Hay que estar constantemente pensando en generar vínculos, en idear proyectos y salir a contarlos, no a los amigos, sino a otros, a los que consideramos que son inalcanzables pero quizás lo sean mucho menos de los que imaginamos. Relacionarse, hacer lobby, romper fronteras. Ojo. Tampoco se trata de ser desfachatados ni de llevarnos el mundo por delante. Es más complejo. Relacionarse implica también ser corteses, otra palabra que solemos asociar con la falsedad pero que en realidad es la condición de avanzar hacia nuevos horizontes.
Cuando uno se lanza a esta tarea tiene que saber que no es ?el ombligo del mundo?. Creerse eso impide vincularse y generar nuevas relaciones. Tampoco podemos creer que somos ?el último orejón del tarro?, porque también ahí nos quedamos quietos, lamentando nuestra pequeña condición. Una persona puede ser tímida, un país no.
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