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Hillary queda fuera de carrera hacia la Casa Blanca, pero una reunión de amigas decide igualmente homenajearla por tremendo esfuerzo y porque quizás en pocos años su país esté listo para ella. El encuentro se confirma vía cartas, teléfono y e-mail para hoy a las ocho de la noche en el departamento de Joan Jett en Nueva York. Esperamos que el barco que trae a la Dietrich y a Mary Shelley desde Europa llegue a tiempo. A Shelley no le importaba subir a un avión por primera vez, pero Marlene odia volar y prefiere un eterno viaje en crucero.
Llego a Manhattan temprano, doy unas vueltas, recorro Times Square y compro chucherías. Hago tiempo antes de encontrar el anticuado pero sólido edificio donde vive Joan. Un portero uniformado pregunta mi nombre, chequea en una planilla y me deja pasar. Me mira con un poco de desdén. Obviamente no debe entender por qué estoy invitada a la reunión. Pero son mis amigas, y no veo por qué no debo estar acá.
Soy la primera en llegar. Acompaño a Joan a la cocina. Ayudo a preparar unos tragos. Todo está cubierto de paquetes con comida mexicana y española que encargó a un amigo chef. Pero coincidimos en que esta noche las bebidas serán lo más importante. "Quiero ver quién se emborracha antes, si Marlene o Judy", dice, pero el recuerdo de la última reunión hace que se dé cuenta de que no es un buen chiste, y ella misma le hace fondo blanco a un Bloody Mary.
Hillary llega a los pocos minutos. Se quita la chaqueta de gamuza y se desploma en un sofá. Parece agotada, pero a la vez muy relajada. "Me encanta poder estar de vuelta en Nueva York", dice. "Ha sido un camino largo". Pongo una copa en su mano derecha y brindamos. "Bienvenida a la realidad", dice Joan, y chocamos los cristales. "La próxima vez que salgas de gira, deberías compartir escenario con Joan", digo, y a Hillary no le parece una mala idea. "Teniendo en cuenta todos los músicos que apoyan a Obama, necesitamos ser lo más ruidosos posibles", concluye.
De la puerta de entrada vienen unos golpecitos suaves. Es Judy. Entra con timidez, aferrándose al abrigo. Joan le da un abrazo efusivo y la invita a ponerse cómoda. Miro a Joan de reojo, porque Judy se acomodó en la butaca que está contra la ventana, no sin antes tomar de la mesa de café la copa de Hillary a medio terminar. "Empezó a llover y me detuve a ver cómo se veía todo sobre el Hudson", dice. "Pero por fin estoy aquí, feliz de verlas. ¿Dónde están Marlene y Mary?". Como parte de la escena de una película, suena el timbre apenas Judy termina de nombrarlas. Joan abre la puerta y Marlene cruza decidida el salón sobre tremendos tacos y revoleando una capa que termina con gracia sobre el respaldo de un sillón. Nos mira con sus cejas levantadas y una mueca perversa en su boca, mientras se quita los guantes dedo por dedo. Suele pasar esto, nos quedamos fascinadas y mudas cada vez que hace sus apariciones. "Qué les pasa, ¿vieron a un fantasma?". Y su voz oficia como los chasquidos de un hipnotizador; ya podemos despertar y saludarla con un beso en cada mejilla. Me toma del mentón, me mira con preocupación y decreta con severidad que estoy muy delgada y pálida. Le ordena a Joan que me traiga algo de comer.
¿Qué pasó con Mary? Continúa de pie bajo la arcada, sonriente y en silencio, disfrutando de toda la escena. Luego del efecto Marlene, nos ocupamos de recibirla como merece. Me gusta Mary así como es, de pocas palabras. Cualquiera podría pensar que la autora de Frankenstein es un ser oscuro y perturbado, lo que puede llegar a ser verdad, pero no la verdad completa. Cuando se encuentra en un ambiente cómodo y amistoso, resulta un personaje lleno de agudeza y con un afilado sentido del humor.
Cenamos, nos ponemos al día y brindamos reiteradamente con cualquier excusa. Siento que somos parte de un Sex and the City disfuncional. "Me encantaría ser fiel", dice Marlene mientras cruza las piernas. "Pero no he encontrado el hombre que merezca mi fidelidad". Hillary celebra el comentario con una sonrisa, pero no lo comparte. "Me he pasado buscando el balance entre la familia, el trabajo y el servicio a la sociedad, y creo que lo he encontrado", afirma. "Bien por ti", dice Judy, "yo siempre terminé diciendo que sí a cualquier cosa con tal de no estar sola". Lo sabemos, y aquí se genera un silencio incómodo. ?Yo sigo intentando tener el control completo sobre mí misma y sobre mi obra?, dice Mary mientras barre con su mano las migas del mantel. ?Quién no, amiga?, concluye Joan. ?Mantenerme saludable y en paz con el universo han sido mis prioridades en los últimos tiempos?.
Entre el humo de los cigarrillos, el sopor del alcohol, el olor a café recién hecho y las luces bajas, parecemos una manada de leonas digiriendo un venado. Joan se dirige al piano y comienza a jugar con varias melodías. Marlene es la primera en acercarse y comienza a cantar "Falling in Love Again". Sabe que de todas formas se la íbamos a pedir en algún momento. Luego se suma Judy y cantamos canciones como "Meet me in St. Louis" y hasta "Over the rainbow". Comienza a amanecer sobre Park Avenue, es hora de volver a casa. Antes de despedirnos intentamos hacer lo mejor posible con una canción de Cole Porter que Judy conoce bien y que ya hicimos propia:
If they ever black your eyes, put me wise. If they ever cook your goose, turn me loose. If they ever put a bullet through your brain... I'll complain. It's friendship, friendship, just a perfect blendship. When other friendships have been forgit, Ours will still be it.
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