lunes
21.05
Hay diosas en cada mujer
Mónica Ottado
 22.07.2008 
     
Hay diosas en cada mujer
Sí. Hay diosas en cada mujer. Esta convicción, a la que llego desde hace algunos años, no muchos, es fruto de la vida vivida, del trabajar conmigo misma, y por supuesto también del encuentro con el conocimiento intelectual, con la información que da cuenta, pone nombre, explica, lo vivido, lo sentido, ya como alegría y fortaleza, o desde el dolor y la debilidad. Y en una suerte de alquimia todos esos saberes se van alimentando mutuamente, mezclando y dando resultados transformadores.
Descubrir las diosas que habitan en cada una de nosotras es conocernos a nosotras mismas, descubrir nuestras fuerzas, nuestras debilidades, nuestras potencialidades. Pero algo más, es comprender también que cada una es una encarnación de fuerzas arquetípicas que en el transcurso de la vida se van expresando y moldeando.

UNA HISTORIA COMO MUCHAS
Soy hija única, y esto significa, hablando de diosas, que tuve la fuerza necesaria para arreglármelas sola. También por esta misma razón aprendí el lado oscuro de la soledad, el sentirse sola, y el necesitar a los otros, de su amor, de su compañía.
De niña fui una Artemisa. Mi infancia transcurrió en Malvín, en una zona que empezaba a construirse. A los fondos de mi casa había un campo que se extendía por unas manzanas. Me encantaba errar por ese campo corriendo con mi perro, deteniéndome a oler las retamas que amarilleaban o los cardos azules, cuidando de no pincharme con las espinas de sus hojas, los tártagos de ese morado intenso, los anaranjados tacos de reina que rastreaban el campo, y las celestes y azules campanillas que trepaban por cuanto alambrado había. Ese campo era el bosque de Artemisa, Diosa de la Caza, de la Luna y hermana gemela de Apolo, Dios del Sol. Creo que por efecto de la noche, de mi pasión por la Luna, de Los Plateros, Nat King Cole, Charly Parker, y de lo bella que eran y son mi madre y mi abuela, fue despertando en mí la pequeña Afrodita.
Me miraba al espejo, vestida de mamá, con tacos altos y tules, bailaba y disfrutaba de mi cuerpo en movimiento, mientras soñaba con Rodolfo Bebán, con el tierno Paul McCartney y el sensual Mick Jagger, en unos romances apasionados que culminaban en unos ardientes besos en el espejo. Papá me miraba de lejos con una sonrisa de aprobación y orgullo, mientras mamá, con Atenea y Afrodita activadas, se enamoraba de un ambicioso Zeus, al cual como buena Atenea acompañaba poniéndose a su lado. ¡Caray! Esto me tomó de sorpresa y yo sentí que Afrodita traía problemas y que Artemisa debía dejar de vagabundear un poco, de modo que me convencí que debía estudiar, ser responsable y portarme bien, como mi exigente madre Atenea hubiera deseado.

Mi niña, carenciada de amor materno, empezó a cultivar también a Deméter, una pequeña madrecita. Mi tía Esther, Gran Deméter, oportunamente me regaló un Nicolino, unos bebés de yeso, que estaban de moda. Mi abuela Piti, la gran Afrodita, me regalaba muñecas Fariña de pelo natural, bellísimas, sensuales, y unas bahianas, danzarinas y perfumadas. Pero mis Afrodita y Artemisa no se desarrollaban en su plenitud: Afrodita era peligrosa, abandonaba a los hijos y los dejaba carentes de amor, y Artemisa era soñadora, amante de la naturaleza, pero no llegaría a darme la seguridad afectiva que yo necesitaba. Así entendí que era Atenea la que me sacaría adelante a través de la profesión y Deméter, Diosa de la fertilidad, la Gran Madre, y Hera, esposa de Zeus, artífice del compromiso y del matrimonio, serían las que me darían la seguridad y contención afectiva tan ansiada.
Un día llegó Él, un Apolo, brillante Dios del Sol, de la Forma, la Voluntad y de las artes, especialmente la música, muy parecido a Mick Jagger, por cierto. Nos vimos y nos amamos. Yo amé a Apolo y él a Artemisa y Afrodita. Sin embargo, fue muy fuerte la necesidad de amor y rápidamente formamos una gran familia. Allí Hera, la artífice del compromiso y el matrimonio, se hizo presente y me sentí así consagrada a ese vínculo. Deméter, la Gran Madre, nos bendijo con cuatro maravillosos hijos. Desarrollamos, él un Zeus protector, y yo una Hera y una gran Deméter.

Atenea, la estratega, me ayudó a organizar la vida familiar en la cotidianeidad de las artes domésticas, la cocina, el tejido, hacer vestidos para mis hijas, mientras terminaba mi carrera de psicóloga. ¡Vaya si Atenea me ayudó! Pero Artemisa, aquella pequeña fuerte, libre amante de la naturaleza, y Afrodita, fue cediendo lugar a Deméter y a Hera. Ayudé a nacer a Apolo, esperando que él me ayudara a mí. Apolo brilló, brilló, y fue tanta su luz que no podía verme; entonces mi Artemisa se volvió oscura y competitiva y sus flechas de plata se dirigían hacia él. Mi Afrodita se volvió tímida, Hera celosa y posesiva, Deméter miedosa y apegada a sus hijos.

Lo que pertenece a nuestra naturaleza y es negado, busca caminos para afirmarse a sí mismo. Como el agua, se cuela por rendijas que nuestras defensas, casi siempre insuficientes, va dejando. Así un buen día me encontré tomando Flores de Bach, y tras ello, me formé como Terapeuta Floral. Atenea nuevamente ayudaba a Artemisa, que encontraba, en los remedios florales, aquellas flores del campo infantil. Allí me encontré con un mundo nuevo, me encontré con Carl Jung, con su teoría de los arquetipos, del inconsciente colectivo, me encontré con la mitología y con los Dioses y Diosas como expresión de esos arquetipos. Redescubrí la espiritualidad desde un lugar no religioso, como una dimensión humana.

Artemisa empezó a abrir camino nuevamente y con ella trajo a Afrodita, quien también se dio el permiso de conectarse con el movimiento, con el cuerpo en movimiento, con la danza. Me formé en técnicas psicocorporales. Nuevamente mis fuerzas primigenias volvían a activarse, pero estaban en conflicto con Hera -la comprometida esposa- y con Deméter, la Gran Madre. Me culpabilizaba, me cuestionaba, pero una fuerza interior irresistible me impulsaba a continuar, a ocupar mi lugar, con dudas, temores, pero salí al mundo. Apolo se resintió porque ya no lo miraba como antes, y buscó una oportuna Atenea, estratega que ayudada por Afrodita seductora empezó a alabar sus brillos, así que se fue con su música a otra parte.

En un primer momento, Hera se sintió completamente desesperada, presa de los celos, clamaba por venganza, y Deméter se aferró a sus hijos, se volvió posesiva. Aún no había comprendido que Artemisa estaba en acción, que Afrodita volvía a conectarla con su cuerpo, con su sensualidad, con su belleza. Bajé 15 kilos. Volví a mirarme al espejo como en la infancia, y a ver mi belleza, a disfrutarme, recuperé a Artemisa y trabajo con mujeres en talleres sobre las Diosas.

Ellas son las ninfas que me acompañan. Las ayudo y me ayudo a encontrarnos con nuestras fuerzas arquetípicas, a liberarnos de los estereotipos que nos atan, a descubrir nuestras posibilidades de independencia.

Hera y Deméter, diosas vulnerables, intentan reequilibrarse: Deméter aprende que los hijos se van, que como Perséfone, elegirán su destino, y vendrán sólo de a ratos, y Hera ya no quiere vengarse. Pero como diosa vulnerable que es, se pone triste y llora. Sus olímpicas hermanas la dejan, pero al rato la rescata Afrodita, que la hace mirarse al espejo y verse bella, sensual, sensitiva; Artemisa la conduce en el trabajo apuntando sus flechas de plata en la dirección deseada; Atenea la ayuda a planificar, estudiar, organizar; Deméter siempre que quiere encuentra algún hijo de quien ocuparse.

Y otra diosa empieza a emerger, una nueva, Hestia, la que cuida el fuego del hogar, la que cultiva la espiritualidad, la que disfruta de su soledad, porque la conecta consigo misma. En este momento las diosas internas dialogan entre sí, aunque a veces, también entran en conflicto.

Es parte de la danza de la vida.
Las Diosas que he presentado en esta descripción, no son todas. Son las que expresan los más importantes arquetipos relacionados con el ser femenino. Es a través de su genealogía, mitología, símbolos y peripecias que vamos conociendo sus características psicológicas, aspectos conscientes y aspectos sombríos. Como dije, en nuestra psique habitan muchas diosas y dioses; lo importante es que en el transcurso de nuestra vida podamos ir reconociéndolas. Está en nosotros hacer de ellas fuerzas que nos ayuden a expresar quienes somos y a qué hemos venido, y a reconocer en los otros dioses y diosas encarnados, en los cuales se repiten una y otra vez los grandes aprendizajes de la humanidad.

((recuadro))

ARTEMISA: Con su carcaj y flechas de plata, vagaba por los bosques. Tiene la cualidad de la visión a la luz de la Luna. Diosa de la Caza, representa el aspecto independiente de la mujer que apunta a un blanco y hace lo que desea.

ATENEA :La bella diosa guerrera protege a sus héroes elegidos. Diosa de la Sabiduría, es la inteligencia que domina al mundo emocional o a la fuerza bruta. Como Diosa de la Artesanía, conecta con la práctica de las artes domésticas.

HESTIA: Diosa virgen, al igual que Atenea y Artemisa, conecta a la mujer con su espiritualidad. Es el arquetipo de la mujer sabia; sin su fuego sagrado, no hay hogar, y su presencia confiere a ese ámbito el lugar de espacio sagrado.

HERA: Diosa del Matrimonio, artífice del compromiso y esposa. Venerada y temida, es heredera de la gran deidad femenina que reinaba antes que dioses y diosas gobernaran la Tierra. Es una fuerza poderosa de alegría y dolor en la personalidad de una mujer.

DEMÉTER: Expresa una poderosa fuerza arquetípica que representa el instinto maternal, que se expresa en el embarazo y la maternidad. Es la madre que nutre, física, emocional y espiritualmente.

PERSÉFONE: Como Koré, la doncella, representa la fertilidad en ciernes. Reina del Submundo, representa la posibilidad de la mujer de visitar su propio mundo inconsciente y relacionarlo con el mundo de arriba, el de la conciencia.

AFRODITA: Mujer creativa y amante. Atrae, une, fertiliza, incuba y trae una nueva vida. Es una poderosa fuerza de cambio. La fuerza creativa que confiere Afrodita puede expresarse en las artes, un invento, o la unión de ideas.

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