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Había ido a lo de mi hermana a cuidar a mi sobrino. Su padre lo traería de un cumpleaños. Cristal se estaba yendo a trabajar al evento de una señora china, pero antes fue al ropero de su cuarto y yo subí a buscar libros al altillo. En realidad no diría buscar sino encontrar, porque ahí aparecen sin que nadie los mueva. Puse una bombita en la lámpara que cuelga del techo de madera y miré. Al costado de la bibliotequita negra, apareció el Tao de la Física.
Ya estaba en la cama, tapada con la manta de mi abuela y leyendo sobre la relación de las cosas en el universo, cuando mi hermana empezó a gritar "¡el gato, el gato!". De mal humor, sospechando una broma pesada, me calcé y bajé la escalera. En la cocina estaba Cristal, señalando al dolorido descendiente de fieras que entraba a la sala desde el patio de piedras, avanzando desarmado. Luego de haber chocado todo lo que tenía enfrente, nos miró a los ojos y quiso saltar al sillón cercano a la puerta pero rebotó contra el pantazote y cayó al suelo. Quedó quieto, con las patas de atrás inertes, al lado de la estufa de leña que hacía de campo de Nazaret con el pesebre dentro.
¿Por qué junto a aquel pesebre tenía que pasar toda esa desgracia?, pregunté telepáticamente a las esculturas de yeso dispersas sobre el papel de piedra. ¿Cuántas cosas habrán visto las ovejas petrificadas, el niño Jesús, María y José, año tras año, desde el ocho de diciembre hasta el seis de enero? ¿Nos verán envejecer como nosotras a ellos? - ¡Qué suerte que el nene no está, Cristal! Llamá al veterinario. Mientras mi hermana abría la agenda y buscaba el teléfono, al gato se le pusieron los labios azules, la boca se le hizo un triángulo y la cola se le volvió un erizo. - ¡Ahora se meó!- le gritó al veterinario que escuchaba del otro lado. Fueron minutos eternos. Sonó el timbre. Las dos salimos de la sala al mismo tiempo pero Cristal se adelantó. Con un maletín en una mano y un paraguas en la otra, el hombre caminó lo más apurado que lo dejaron sus piernas y entró a la sala. Se arrodilló frente al gato, abrió el maletín, se puso unos guantes y empezó a palparlo. El gato había empeorado notoriamente. - ¿Qué le pasó? - Estuvo bien todo el día. Hace un rato entró por esa puerta, y se dio contra todo. Después quiso saltar al sillón pero no llegó, y cayó al piso -empezó Cristal. - Y ahí no movió más las patas de atrás -expliqué desde atrás de mi hermana-. Y después se empezó a retorcer, como si tuviera calambres, o espasmos. Es como si lo hubiera agarrado alguien invisible y lo hubiera usado como un acordeón.
El hombre asentía sin decir nada. Apoyó el estetoscopio en las costillas del gato, pero cuando llegó al estómago el animal se cagó. Cristal dijo ?no, no" y se tapó los ojos con mi buzo al ver que ya no se movía. El facultativo cargó una jeringa, le levantó el pellejo al animal y le inyectó una sustancia que desconozco. - ¿Le salió espuma blanca por la boca? - Espuma blanca, no. Pero a lo último un poco de baba tenía, y no podía cerrar la boca -le contestó Cristal. - Debe haber comido veneno de caracol. Es una reacción típica. - ¿No se puede hacer nada? -pregunté. Cristal se alejó, secándose las lágrimas. - Debió haber sido la de al lado. Lo vi cuando cruzó la reja para acá -dijo mi hermana y prendió una vela que apoyó arriba de la heladera- ¿Cuánto es doctor? Disculpe, pero tengo que irme a trabajar. - Perdón. ¿Qué van a hacer con el gato? - ¿Por qué? ¿Qué se hace? -me salió. - Se lo pueden quedar. O me lo dan y lo llevo a un lugar para estos casos. - ¿Lo entierran? -preguntamos casi a coro. - No, se creman. - ¿Y cuánto cuesta? - Ciento noventa pesos. - ¿Y en total, serían? - Cuatro ochenta.
Estaba incluida la visita domiciliaria, la consulta, la vacuna para revivirlo que nunca lo revivió, y la cremación. Nos alejamos un poco y lo discutimos en voz baja, al lado del lavatorio. Cristal tiró la jeringa y el algodón en la basura y prendió un cigarro. Miré el reloj. - En diez minutos pasa el ómnibus, Cristal. - Que se lo lleve, ¿no?. - Es una decisión tuya, pero no me hagas enterrar al gato. El fondo está lleno de barro y el nene llega en un rato. Cuando resolvimos de dónde sacar la plata y le pedimos que se lo llevara, el hombre habló. - Una cosa más. Les voy a pedir una bolsa de nylon. Probamos ponerlo en casi todas las bolsas pero en ninguna entraba dignamente. Probamos con dos bolsas juntas pero se le escapaba la barriga todavía blanda, como todo su cuerpo. Al final entró en una de Grandes Tiendas Montevideo. Cuando el veterinario se fue, nos metimos en el baño a que se preparara Cristal. Tenía una camisa negra, un pantalón negro y el pelo engominado. En silencio, frente al espejo y con movimientos lentos y precisos, se sujetaba la trenza con horquillas marrones. Después abrió el paraguas y se fue a esperar el ómnibus a la parada. Puse el Sodre y prendí inciensos. Limpié la caca y el pis del gato pensando en cómo decirle a mi sobrino lo que había pasado y que aparte le debíamos la plata de su alcancía.
Pero sus preguntas fueron mas allá del veneno, fueron al porqué de la muerte y esas cosas. Gracias a Dios me había topado con el Tao de la Física minutos antes de que sucediera todo.
ficha Julia Castagno nació en Montevideo (Uruguay) el 26 de setiembre de 1977. Miembro fundadora de Movimiento Sexy, desde 1999 expone dentro y fuera de Uruguay. Utiliza formatos como el video, instalaciones, acciones y gráficos. En literatura, participó en Estuario, poesía para dos orillas, y en Ronda de Poetas. Actualmente escribe la serie de relatos Cuentos de Navidad y está preparando Gloria luminosa, su primera novela.
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