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Una musa no es alguien que provoca una inspiración celestial, un acto creativo alegre, a puro éxtasis. No: una musa hechiza en el sentido más brujo de la palabra, persigue hasta que no queda otra más que darle el total protagonismo.
Es lo que (me) hace Asia Argento. Cada vez que la veo, no sé si quiero ser su mujer, su directora o su fotógrafa; a veces me parece que en realidad quiero ser ella. Le imagino películas, sesiones de fotos, puestas en escena; lo único que puedo ofrecerle, en realidad, es convertirla en musa, y así la protagonista de la novela que estoy escribiendo tiene la sonrisa luminosa de Asia (una sonrisa que le cambia la cara de insomne por el rostro más diáfano del mundo, ¿cómo puede pasar una cosa así?); también tiene las ojeras perennes de Asia y su cuerpo devastador, el más sexual que yo jamás haya visto: basta verla acariciarse la vagina en la película Boarding Gate de Oliver Assayas; ella está totalmente vestida y tiene el pelo recogido en una cola de caballo muy desprolija. Parece una planta carnívora. Como no puedo dejar de pensar en ella, la escribo. Aunque, claro, la protagonista de mi novela no es Asia, apenas se le parece, es una divinización y una humanización al mismo tiempo de mi diosa de carne, de la única mujer que me hace temblar las rodillas.
Su belleza parece sacada de los inagotables manantiales de las sombras. Y no podía ser de otra manera porque su papá es Dario Argento, el maestro del cine de terror italiano; y Asia ?qué misterioso, extraño nombre? fue su musa en películas como El síndrome Stendhal (donde la sometía a actuar una espantosa violación donde era besada por labios que apretaban una gillete) o Trauma, donde, apenas entrada en la adolescencia, era una anoréxica víctima de una madre asesina serial. Su mamá es Daria Nicolodi, la anterior musa y esposa de Dario, una mujer que se dice descendiente de un largo linaje de brujas. Asia Argento tiene treinta y un años y es buena actriz, pero sobre todo es una diva y una salvaje; una Diva Escarlata, el título que, además, eligió para su primera película como directora, Scarlet Diva, donde se interpretaba a sí misma, en un ejercicio narcisista por momentos tonto, por otros escalofriante y siempre audaz: inolvidable la escena en que se rasura las axilas frente al espejo, llorando. Parece saltar de la pantalla de tan real.
Y al mismo tiempo es tan lejana, como cualquiera que haya crecido frente a cámaras. Asia todavía no tuvo su película. Nadie parece saber qué hacer con ella. Es demasiado bestial para Hollywood; la que estuvo más cercana a capturar su esencia fue Sofia Coppola en Maria Antonieta, donde Asia era una desaforada Dubarry. Pero estaba demasiado poco tiempo en escena, y Asia tampoco es eso: yo no sé lo que es. Algo así como una mezcla de eurotrash, brujería, infancia de magia oscura y dolor, amores de madrugada, intoxicaciones y hermosura que no hay manera de arruinar. Además es tan astuta, tan inteligente.
Hace poco dirigió y protagonizó The Heart Is Deceitful Above All Things, donde era una madre psicótica y prostituta que travestía y prostituía a su propio hijo; estaba basada en la novela de J.T.Leroy, supuesta autobiografía de un joven víctima de espantosos abusos sexuales: ahora se descubrió que Leroy es en realidad una mujer llamada Laura Albert. Asia reaccionó al fraude ?ella asegura haber sido engañada? de la mejor manera: insistió en que admiraba, por demente, a la autora. Y de paso logró su película maldita.
Como toda gran diva, es mucho más hermosa en las fotos que en las películas, y es en las páginas satinadas de las revistas desde donde cuenta mejor su historia. Posó embarazada y fumando para Bruce LaBruce, en una secuencia que provocó exaltadas indignaciones (ahora está embarazada de nuevo: veremos qué se le ocurre hacer con su maternidad). Se arrastró en el piso para el gran Richard Kern. Se desnudó, en toda su gloria, para muchos más ?una vez en compañía de su novio Morgan, una estrella de rock italiano que parece tan sexy como loco-, y les dejó ver el tatuaje de un demonio alado que tiene sobre el pubis, una especie de marca de su linaje profano y aristocrático.
Durante el último festival de cine independiente de Buenos Aires se rumoreó que Asia vendría al Río de la Plata para hacer una pasada como dj (eso hace cuando no filma o actúa, de puro aburrida seguramente). Por suerte no se concretó. No quiero verla, menos ahora que su voz ronca guía los diálogos que estoy escribiendo. No quiero romper el hechizo porque necesito que ella sea lo que yo quiero: una bella tenebrosa, una chica que está cómoda en los callejones tomando cerveza del pico de la botella, una mujer de borceguíes y llanto contenido y borracheras. Mi belle de jour, mi mujer fatal, mi chica.
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