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UNA FORMA SOFISTICADA Y APARENTE DE LA NUEVA CONSTRUCCIÓN MASCULINA. PARECE QUE ESTAMOS, PARECE QUE HACEMOS, PARECE QUE OPINAMOS, PERO TODO ES MAQUILLAJE
El parecer y el ser. No es Hamlet, será Hamleta la protagonista del presente. La que lucha por ser, y dejar el parecer para las viejas estructuras más revitalizadas que nunca. Esas que nos han habilitado el paso, el paseo y la creencia que estamos, somos y pertenecemos. Pero nada más lejos de estar. El maquillaje va por más: que el parecer sea el ser, que todos compremos la idea, el cuerpo y el proyecto: ellas están, ellas son. Atrás quedaron las mujeres feas, las que reniegan de la maternidad, las radicales, las que se rebelan contra el matrimonio. Hoy todas queremos casarnos, ser madres y profesionales.
Sí, somos generosas, la biología nos determinó con un espacio de silencio en espera: no somos ansiosas. Hay también un gran silencio adentro nuestro, hay un yo social que se construye cada día para dar examen: soy yo, antes que él, y después que él soy yo.
El examen se articula con las estrategias: todas. Las de la abuela sumisa, la tía de vanguardia, la vecina solidaria, la madre amplia, la prima revolucionaria y la hermana conservadora. De cada una un gramo de maquillaje y verdad. Nadie sabe dónde está la verdad, quizá en el desarme constante, en el ser, antes de parecer, de ese centro y de esa zona es desde donde debemos entender. Lo de entender también es un recorrido armado y reformulado.
¿Quién determina el entender y el no entender? ¿Quién toma las decisiones? ¿Quién da la orden sobre el orden?
El orden se ordena, un orden para ser felices, ellas desordenan el orden y la felicidad se ve amenazada. La arruga vuelve, eso es peligroso. Muy peligroso.
Salimos y construimos. Volvemos y seguimos construyendo. Solamente para lograr ser y dejarnos de parecer, y que entiendan que somos antes que nada, que volvemos para recuperarnos y siempre ser. No se puede desandar el cuerpo, se puede abrazar y admirar los pliegues. El mundo se pliega también, los pliegues acunan al ser. Las arrugas no pueden alisarse, el peso del trazo al descubierto.
¿Elimino en el quirófano los pliegues del rostro? ¿Elimino las acciones que marcaron la piel? ¿Se elimina de la memoria? ¿Fueron risas? ¿Fueron llantos? ¿La belleza femenina admite arrugas, gordura, celulitis, vejez?
Nadie ni nada escapa de la representación. El tiempo hace lo suyo con los objetos y sujetos, quietos y dinámicos. Ausentes y presentes en un instante acordado. Juntos y evitando la masa. Es la desesperación. La representación amortigua el dolor del deseo, el dolor fijo de la muerte. Agudiza la razón de la muerte pero nos hace conscientes de que ese y único milagro es válido por las restantes miserias. Pero nadie llega a ningún lado, porque la representación es glotona, avara, pretenciosa, insaciable y siempre quiere más. Por eso el camino más barato es el de ser y no el parecer. El único espacio de libertad es aceptar. Aunque eso nos dé jerarquía, protagonismo, exceso de belleza, y todo el poder. No importa, sabremos esperar porque: el Ser llegará.
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