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Para millones de estadounidenses, Hillary Clinton es el símbolo de la mujer moderna: ella es la que luchó obstinadamente y con una voluntad de hierro para alcanzar la presidencia. Pese a haber perdido, abrió el camino para que en el futuro otras mujeres lleguen donde ella no pudo.
El país de Hillary es también el país de las mujeres que, por convicción, se unen al servicio militar pese a que el ambiente es muy hostil y machista. Las cifras muestran que una de cada cinco mujeres que regresan de la guerra y recurren a los servicios del Estado para obtener ayuda física y psicológica fueron víctimas de abuso sexual. Estados Unidos es también el país donde jóvenes evangélicas de 11 a 18 años concurren a los llamados "bailes de la pureza", acompañadas de sus padres, para prometerles que serán vírgenes hasta el matrimonio.
Hace cerca de un mes, el New York Times publicó una crónica sobre estos bailes, organizados por movimientos evangélicos de todo el país. Según narró la periodista, los bailes están cargados de ritos que simbolizan la pureza de las jóvenes. Ellas, por ejemplo, llevan en sus manos una rosa blanca. Y sus padres, en cierto momento de la ceremonia, leen en voz alta una proclama de que resguardarán la virginidad de sus hijas.
Semanas después, una columna también publicada en el New York Times hizo referencia a este artículo. La columnista escribió que más allá de las convicciones religiosas que uno pueda tener, lo que más le molestaba de este baile es que fuera entre hijas y padres. No hay bailes de la pureza entre hijos y madres, objetó. Es una noción patriarcal, la de que el padre sea el bastión de la moralidad de sus hijas, él que se encargará de que el futuro marido reciba una novia "pura".
Indignada, la columnista se preguntó cómo en los Estados Unidos -el país de Hillary Clinton- persisten tradiciones de este tipo, que perpetúan la idea de que el pecado es solo cosa de mujeres y que su cuerpo es potestad de sus padres. Fue una pregunta retórica.
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